El director del Instituto de la Mano del Hospital Universitario Nuestra Señora del Rosario de Madrid, Juan González del Pino, ha destacado la efectividad de la cirugía para tratar la artrosis de la mano, asegurando que permite recuperar la funcionalidad, eliminar el dolor y mejorar la estética. «Ante los primeros síntomas conviene buscar ayuda especializada en expertos en patología de la mano y muñeca, pues el diagnóstico temprano y tratamiento adecuado pueden devolver a los pacientes independencia y calidad de vida», explica González del Pino.
El primero de los enfoques suele ser conservador: se utilizan antiinflamatorios, frío local, muñequeras o férulas inmovilizantes, fisioterapia o infiltraciones. «Pueden ser efectivos en las primeras etapas o casos leves, pero no siempre logran controlar los síntomas a medio o largo plazo. Si el dolor y las limitaciones funcionales aumentan, es el momento de considerar la cirugía, que ha demostrado ser efectiva para restaurar el uso de la mano, aliviar el dolor y recuperar la estética», añade.
Dichos avances en anestesia regional han reducido significativamente los riesgos asociados, permitiendo que pacientes de edad avanzada puedan someterse a cirugía con seguridad. La mayoría de las intervenciones no requieren ingreso hospitalario prolongado, y la recuperación total se alcanza en pocos meses.
Tratamientos específicos para tipos de artrosis
Con respecto a la artrosis de las puntas de los dedos, el especialista detalla que se aborda con fijación articular mediante tornillos de titanio, y aunque elimina la movilidad distal, preserva la funcionalidad del dedo, con una recuperación completa en 6 a 8 semanas y alivio permanente del dolor. La artrosis de las articulaciones medias, aunque menos común, se trata con mini-prótesis de carbón pirolítico; la cirugía, que requiere un día de hospitalización y rehabilitación intensiva, logra una recuperación en 3 a 4 meses, mejorando significativamente el dolor y la estética del dedo.
Por otro lado, la rizartrosis afecta la base del pulgar y se trata con artroplastia de interposición, la cual consiste en extirpar el hueso trapecio y usar un tendón sobrante de la muñeca como almohadilla. «Con cerca del 98 % de éxito, ofrece recuperación en 4 a 5 meses, restaurando movilidad y fuerza comparables a las de una mano sana, sin necesidad de prótesis, que presentan una alta tasa de complicaciones y fracasos. Los resultados son permanentes y no requieren nueva intervención», ha afirmado González del Pino.
Casi cuatro millones padecen artrosis en España
Aproximadamente el 8 % de la población adulta de España, lo que equivale a casi 4 millones de personas, padece artrosis en una o ambas manos, siendo esta una de las patologías más frecuentes asociadas al envejecimiento. Esta afección afecta principalmente a mujeres mayores de 50 años, con una ratio de 4 a 1 en comparación con hombres.
La artrosis de la mano se caracteriza por el desgaste progresivo del cartílago en las articulaciones, lo que provoca dolor, inflamación, y en muchos casos, deformidades que limitan la funcionalidad en tareas cotidianas, junto con un impacto estético y posible malestar emocional.
«La enfermedad suele comenzar con dolor e inflamación que pueden ser intermitentes en las primeras etapas. Con el tiempo, los episodios inflamatorios se vuelven más frecuentes, lo que puede llevar a deformidades visibles, como dedos torcidos. Además de dolor, esto puede limitar funciones esenciales de la mano: escribir, abrocharse un botón o sostener un vaso», señala González del Pino.
En las articulaciones medias, el dolor y la pérdida de movilidad dificultan la flexión de los dedos necesaria para tareas que requieren fuerza o precisión, tales como abrir un bote o girar una llave. La rizartrosis, una de las formas más incapacitantes, afecta a la base del pulgar y se estima que el 50 % de las mujeres mayores de 65 años presentan algún grado de afectación. En los hombres, aunque menos frecuente, suele ser más limitante, provocando dislocaciones y un dolor que dificulta la pinza, esencial para actividades cotidianas como cortar alimentos, vestirse o manejar herramientas.
González del Pino concluye que, con el avance de la enfermedad, los pacientes pueden volverse dependientes de su entorno. Su impacto va más allá de lo físico, pudiendo generar frustración y afectar la autoestima, provocar aislamiento social o llevar a evitar actividades que expongan las manos, especialmente en mujeres.
