En un bosque protegido uno espera sombra, silencio y un suelo “intacto”. Sin embargo, un reciente estudio quantifica un fenómeno que muchos ya han notado al pasear, ese terreno levantado como si alguien hubiese pasado el arado durante la noche. Y no es una imagen puntual.
La investigación se realizó en el sureste de la República Checa, dentro de un área protegida de la red Natura 2000. Allí se registraron 3.899 zonas de suelo removido por jabalíes entre 2022 y 2023, alcanzando en las franjas muestreadas una superficie alterada del 10,93% en 2022 y del 7,95% en 2023. Dicho de forma clara, el jabalí ya está cambiando el suelo de un espacio “de alto valor ecológico”.
Un Natura 2000 que no es un museo
Natura 2000 es la red europea de espacios protegidos diseñada para conservar hábitats y especies clave. En 2023, esta red sumaba 27.165 lugares en la Unión Europea, cubriendo el 18,6% del territorio terrestre de la UE y el 10,5% del mar. Cuando hay alteraciones en el suelo en este tipo de áreas, merece atención.
El estudio se centró en un enclave cercano a Hodonín, con 976 hectáreas de suelos arenosos pobres en nutrientes y robledales termófilos sensibles a la desecación. Además, el lugar está protegido como Sitio de Importancia Comunitaria (CZ0624070 Hodonínská Dúbrava) y como Monumento Natural Nacional.
Cómo midieron el “hozado” sin quedarse en la anécdota
Los autores recorrieron el bosque con un diseño de muestreo muy directo. Trazaron 51 líneas separadas por 75 metros y caminaron 129,8 kilómetros de transectos, revisando una franja de 6 metros de ancho para localizar señales de hozado (rooting), el removido del suelo que hace el jabalí buscando comida bajo tierra.
Cada vez que encontraban una zona removida, montaban una parcela de 6 por 6 metros y medían lo esencial. Estimaban el área alterada, medían la profundidad en la capa orgánica y en la mineral, y anotaban la cobertura de hierbas y suelo desnudo. Así pasaron del “se nota” al “se puede comparar”.
El dato que impresiona y el patrón que lo explica
En total, se registraron 3.899 áreas removidas en dos campañas, con parches de tamaño muy variable. La media fue de 12,3 metros cuadrados por zona removida, suficiente para que el impacto sea visible, incluso sin buscarlo.
Durante 2022 se inspeccionaron 74,5 hectáreas a lo largo de los transectos y en 2023 otras 74,2. Dentro de esa superficie recorrida, el 10,93% del suelo quedó alterado en 2022 y el 7,95% en 2023, y el tamaño de los parches aumentaba al acercarse a cursos de agua y puntos de alimentación. En el año “alto”, fue casi 1 de cada 10 metros cuadrados del terreno revisado, y eso se nota.
Bellotas, comederos y un giro inesperado
Lo curioso es que en el segundo año hubo menos jabalíes, pero cada uno “equivalió” a más perturbación. La densidad estimada bajó de 60 individuos por kilómetro cuadrado en 2022 a 35 en 2023, pero los autores calculan una perturbación equivalente por animal de 1,78 hectáreas en 2022 y 2,21 en 2023.
La explicación que proponen se relaciona con la disponibilidad de comida, que cayó significativamente en 2023 después de un 2022 con gran producción de bellotas. En la zona, además, había alimentación suplementaria en comederos aportando maíz, cereales y legumbres (10 a 15 kg al día por punto) de octubre a abril, un detalle que puede influir en dónde se concentra la actividad.
Por qué el suelo importa más que el barro
El suelo del bosque es una mezcla viva de hojas, raíces finas, hongos y pequeños animales. El estudio recuerda que el hozado puede dificultar que las semillas se asienten y germinen, además de frenar la regeneración natural de especies como el roble. También puede alterar procesos del suelo, como el ciclo de nutrientes, la descomposición y la pérdida de nutrientes por lavado.
En suelos arenosos con una capa orgánica fina, el riesgo se multiplica. Los autores describen que, cuando se rompe esa capa superior, puede quedar suelo mineral expuesto y zonas sin vegetación, algo especialmente preocupante en bosques ya amenazados por la sequedad. Aquí surge una pregunta incómoda: ¿cuánto tarda en recuperarse un suelo así si el removido se repite cada temporada?
Qué pueden hacer los gestores y qué conviene mirar
El valor práctico del trabajo es que señala “palancas” del paisaje que ayudan a anticipar puntos calientes. Agua, estructura del bosque y comederos aparecen como factores asociados al tamaño y distribución de las zonas removidas. Esto permite priorizar vigilancia y medidas en áreas concretas, sin actuar a ciegas.
En la práctica, esto suele traducirse en dos ideas. Ajustar la alimentación suplementaria para no concentrar animales donde el suelo es más frágil y proteger temporalmente manchas de alto valor de regeneración con exclusiones o vallados cuando sea necesario. Para el ciudadano, el recordatorio es sencillo: no alimentar fauna, respetar cierres y avisar a los gestores si un área aparece “arada” de forma recurrente, porque el impacto no siempre se ve al primer vistazo, pero se acumula.
El estudio se ha publicado en Springer Nature.
