La sal añadida a los alimentos después de su preparación representa entre el 6 y el 20 por ciento de la ingesta total de sal. Este comportamiento varía entre distintos grupos sociodemográficos, y en diversas culturas no siempre está claro quién es más propenso a usar el salero. La sal, utilizada como condimento y conservante durante miles de años, puede provocar enfermedades como la hipertensión, problemas cardiovasculares y renales si se consume en exceso. Además, su ingesta elevada acelera el deterioro cognitivo. Para minimizar el riesgo de estas enfermedades, la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda que los adultos no excedan los cinco gramos de sal al día.
La doctora Flávia Brito, profesora asociada de la Universidad Estatal de Río de Janeiro en Brasil, investiga quiénes son más propensos entre los adultos a añadir sal a los alimentos. Ella señala que agregar sal a la mesa es un hábito bastante común entre los adultos mayores, y que se presenta con más frecuencia en hombres que en mujeres.
HOMBRES Y MUJERES: DIFERENCIAS CLARAS EN EL USO DEL SALERO
El estudio realizado utilizó datos de encuestas de 2016 y 2017, en el que participaron más de 8.300 adultos brasileños de 60 años o más. Los participantes recordaron sus elecciones alimentarias de las 24 horas previas y respondieron si tenían la costumbre de agregar sal extra a su comida. Los investigadores analizaron variables como el sexo, los grupos de edad, los años de educación, la convivencia, los ingresos familiares, la zona de residencia y la inclusión de alimentos ultraprocesados, frutas y verduras en la dieta.
Los resultados indican que el 12,7 por ciento de los hombres y el 9,4 por ciento de las mujeres añaden sal a sus comidas. Se identificaron diversos factores sociodemográficos influyentes en el consumo de sal, independientemente del sexo. «Entre los hombres, pocas variables se asociaron con el hábito de añadir sal, lo que sugiere un comportamiento menos vinculado a patrones dietéticos específicos», señala Brito, quien ha publicado su estudio en la revista ‘Frontiers in Public Health’.
Continuando con sus observaciones, afirma que el comportamiento de las mujeres en relación con la sal parece estar asociado a una gama más amplia de características sociales y dietéticas, lo que sugiere una conexión más directa con patrones dietéticos generales y características contextuales.
Entre los hombres, solo dos factores se asociaron significativamente con el consumo adicional de sal. Aquellos que seguían una dieta especial para la hipertensión tenían menos de la mitad de probabilidades de añadir sal en comparación con quienes no seguían ninguna dieta de este tipo. Además, los hombres que vivían solos tenían un 62% más de probabilidades de consumir sal extra que aquellos que vivían con otras personas.
Las mujeres, por su parte, tenían un 68% más de probabilidades de añadir sal si no seguían una dieta para controlar la hipertensión. Si vivían en zonas urbanas o consumían con frecuencia alimentos ultraprocesados, sus probabilidades se duplicaban. Sin embargo, para las mujeres que incluían frutas o verduras en su dieta de manera regular, la probabilidad de añadir sal era un 81% o un 40% menor, respectivamente. Este comportamiento podría explicarse porque estas mujeres prestan más atención a la calidad de su dieta, incluyendo la reducción del consumo de sal.
EL MOTIVO TRÁS DEL GESTO: ¿ES MÁS LA COSTUMBRE QUE MEJORAR EL SABOR?
El estudio no revela relaciones causales, ya que los participantes informaron sobre su propio comportamiento al añadir sal, lo que puede dar lugar a sesgos. El consumo de sal podría haber cambiado desde que se recogieron los datos. Según el equipo de investigación, añadir sal extra podría depender tanto del gusto como de la costumbre. La ingesta frecuente de alimentos con alto contenido en sodio puede reducir la sensibilidad a los sabores salados, llevando a una preferencia por un sabor más intenso. Sin embargo, parece que el acto de añadir sal extra es más una cuestión de hábito que de mejorar el sabor.
Para reducir el consumo general de sal, es necesario implementar medidas que disminuyan el contenido de sodio en alimentos industriales y ultraprocesados. Además de las acciones vinculadas a la producción alimentaria, cada persona puede adoptar prácticas individuales. Considerando las diferencias en el comportamiento respecto al consumo de sal entre hombres y mujeres, es crucial que las campañas destinadas a reducir el uso de sal adicional se adapten a los diferentes grupos de población, incluyendo aspectos de género y características del estilo de vida.
«Utilizar hierbas y condimentos naturales como alternativas a la sal, o emplear técnicas culinarias que aprovechen la acidez de los cítricos, podría ayudar a reducir el consumo discrecional de sal sin sacrificar el sabor de los platos», concluye Santos. «Estrategias sencillas, como evitar colocar saleros en la mesa de manera habitual, pueden también jugar un papel importante en la reducción del consumo regular de sal».
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