¿Te imaginas abrir el paraguas en la Antártida? Allí lo normal sigue siendo la nieve, el viento y un sol que rebota en el hielo. Sin embargo, en la Península Antártica, la franja que apunta hacia Sudamérica, la lluvia comienza a aparecer con más frecuencia.
Un análisis reciente sobre esta región advierte de un giro clave. Con temperaturas más altas, una parte de la precipitación pasa de ser nieve a lluvia. Aunque pueda parecer un matiz, este cambio altera drásticamente las reglas del juego para los glaciares, el hielo marino y la fauna.
De nieve a lluvia: el cambio empieza por el termómetro
La Antártida es un desierto polar. En promedio, recibe el equivalente a unos 150 milímetros de agua al año, y casi todo llega en forma de nieve. Por esta razón, la lluvia ha sido, durante décadas, una rareza vinculada a la costa.
No obstante, la Península se calienta más rápido que el resto del continente. El estudio revisa escenarios de emisiones y concluye que habrá más días con temperaturas superiores a 0 °C, especialmente en verano. En un escenario de emisiones muy altas, los días sobre cero podrían pasar de unos 20 al año a cerca de 48 hacia finales de siglo.
Cuando llueve sobre hielo, la reacción en cadena es rápida
Nieve y lluvia no se llevan bien. Un manto blanco puede permanecer durante días, hasta que el agua templada llega y lo deshace en horas. En la Península Antártica, la lluvia introduce calor y además puede «lavar» la nieve reciente que alimenta y protege a los glaciares.
El agua también puede filtrarse hacia la base del hielo, actuando como lubricante y facilitando que el glaciar se deslice más rápidamente hacia el mar. Este fenómeno suele resultar en una mayor pérdida de hielo y en un aumento de desprendimientos de icebergs.
En cuanto a las plataformas de hielo flotantes, el riesgo es diferente. El agua líquida puede acumularse en charcos, absorber más energía solar que la nieve, y abrir grietas hacia abajo, debilitando así la estructura. Este proceso se ha asociado a colapsos como los de Larsen A y Larsen B a principios de los años 2000.
Episodios extremos y ríos atmosféricos que traen lluvia
Una parte del aire cálido y húmedo llega en forma de «ríos atmosféricos», corredores estrechos que transportan mucha humedad y descargan de golpe cuando alcanzan el continente. Cuando coinciden calor y lluvia, la fusión superficial puede dispararse. El análisis menciona un episodio de fusión récord en 2022 asociado a uno de estos eventos.
Hay más señales recientes. En julio de 2023 se observó lluvia y temperaturas de hasta 2,7 °C en el norte de la Península en pleno invierno. La Organización Meteorológica Mundial también verificó en 2021 un máximo de 18,3 °C medido el 6 de febrero de 2020 en la base argentina de Esperanza.
Pingüinos y kril: los grandes afectados del “agua líquida”
La lluvia puede inundar zonas de cría y empapar a los polluelos de pingüino, cuyo plumón no es impermeable. En un lugar concebido como un «desierto frío», un chaparrón a destiempo puede marcar la diferencia entre la supervivencia o no.
Esto se suma al retroceso del hielo marino, que sirve como hábitat y «colchón» frente al oleaje. En escenarios de altas emisiones, el estudio proyecta reducciones de alrededor del 20% en el hielo marino en invierno hacia finales de siglo. Menos hielo significa más calor absorbido por el océano y mayor presión sobre el kril, base alimentaria para muchas especies.
Los autores del estudio también anticipan cambios en la distribución de especies. Los pingüinos más dependientes del hielo, como el de Adelia o el barbijo, podrían perder terreno frente al pingüino papúa, que es más adaptable y ya se ha expandido hacia el sur.
Bases científicas y patrimonio en la línea de fuego
La logística antártica está diseñada para nieve, no para lluvias persistentes. Si el agua se congela sobre pistas de aterrizaje o forma capas de hielo, los vuelos se detienen y el trabajo científico se paraliza. Sin datos, prever lo que viene se vuelve más difícil.
Además, la Península concentra buena parte de los «Historic Sites and Monuments» protegidos por el Sistema del Tratado Antártico, un listado que supera las 90 ubicaciones entre refugios y estructuras históricas. Más humedad y deshielo del permafrost aumentan el desgaste y exigen un mayor mantenimiento en un lugar donde todo tiene un costo elevado.
Lo que está en juego no se queda en el polo
“Los cambios en la Antártida no se quedan en la Antártida”, resume la glacióloga Bethan Davies, autora principal del estudio. Si la región cambia, esto afecta el nivel del mar y la forma en que se distribuye el calor en los océanos.
Davies también lo expresa de manera clara: “La Península Antártica es un lugar especial. Su futuro depende de las decisiones que tomemos hoy”. Estas decisiones están vinculadas al CO2 y a cuánto logremos reducir las emisiones. El tiempo corre.
El estudio ha sido publicado en Frontiers in Environmental Science.
