Una de las imágenes más viralizadas de los recientes conciertos de Oasis, la del «milagro» de varios asistentes en pie en el espacio para personas con movilidad reducida, libres de sus muletas y sillas de ruedas, debe recordar que, para algunos, disfrutar de la música en directo sigue siendo más complejo que luchar por una entrada.
«No hay mucha conciencia», comenta a EFE desde su propia experiencia Natalí González, empleada de la Fundación ONCE y asistente habitual a conciertos pese a sus problemas de audición. «Somos un público que los promotores y los propios artistas no tienen en cuenta», lamenta.
Iniciativas para mejorar la experiencia
Precisamente para tratar de mejorar la experiencia, desde la compra de las entradas hasta el momento de abandonar el recinto, Live Nation y la Fundación ONCE han formado un ‘focus group’ con estos asistentes, embarcados en el reto de extraer conclusiones e implementar cambios.
«Fuimos conscientes de que no estábamos ayudando de la manera más factible a este tipo de personas», reconoce Ana Gómez de Castro, directora de Relaciones Públicas y Responsabilidad Social Corporativa de la promotora. Esta iniciativa se originó tras su encuentro en un concierto con Néstor Fernández, un melómano con problemas de visión que asiste a unos 65 conciertos al año, a menudo solo.
Fernández, que se define como «un aventurero», asegura que hoy solo se abstiene de ir a festivales, aunque otras veces son las circunstancias las que deciden por él. «Es triste quedarte sin ir a un concierto por no ser capaz de sacarte tú mismo la entrada, como me acaba de pasar con Radiohead, que tuve que pedir ayuda para registrarme», comenta.
«Antes me pasaba más que a veces decidía no ir porque la sala tenía un montón de escaleras o era una ratonera», señala, reconociendo que ha hecho buenas relaciones con el personal, «simpatiquísimo», de muchos espacios que no son accesibles y que le ayudan con más voluntad que formación específica a salvar las barreras.
Necesidades específicas
No es lo ideal. Gómez de Castro enumera casos como el de un conocido que tuvo que dejar su silla motorizada a la entrada de una sala para que lo bajaran “a la sillita de la reina” entre los trabajadores hasta la planta de la actuación, o el de otro al que lo bajaron sus amigos, incapaces luego de volver a subirlo a causa del alcohol ingerido.
«A mí me han tirado alguna vez al suelo por querer ayudarme; yo noto mucho quién tiene experiencia en ayudar a gente con problemas de visión», añade Fernández, quien tiende a situarse cerca de la barra como punto de referencia, con su bastón a salvo de posibles pisotones.
Desde Live Nation se han comprometido a elaborar un protocolo o manual de accesibilidad para conciertos y festivales, ofrecer formación a sus empleados «para conocer bien el mundo de este tipo de personas y hacer un acercamiento empático» y buscar formas de insertarles laboralmente, teniendo en cuenta los diferentes perfiles profesionales que trabajan en el sector musical.
Posibles cambios para mejorar la experiencia
«La mayor parte de las personas creen que tener discapacidad auditiva es no oír nada», advierte Natalí González. Ella utiliza en su caso concreto la lengua oral y se apoya en la lectura labial al asistir a un concierto. Con los audífonos encendidos, escucha especialmente los sonidos más graves, como el bajo y sobre todo la batería. En un recital clásico, incluso los violines; en uno de rock, más aún si es de estadio con el volumen altísimo, a veces ha de prescindir de los audífonos para no hacerse daño.
«Me cuesta oír la voz del cantante y las guitarras. La vibración me ayuda mucho a seguir el ritmo. Lo que no puedo hacer es cantar como hace el resto del público porque no suele haber subtítulos, pero sí que bailo. Además, ir a un concierto es mucho más que oír la música, porque también disfruto mucho de todo lo visual», recalca.
Le parece un avance que artistas como Rozalén o Bad Bunny incorporen lengua de signos en sus conciertos, pero recuerda que entre las personas con problemas auditivos hay muchas como ella que no signan. Por ello, reclama subtítulos en las pantallas (para las canciones y los mensajes de megafonía) y plantea avances tecnológicos, como enviar la mezcla de sonido directamente a los audífonos.
«Hay muchísimas cosas que se pueden hacer para mejorar nuestra experiencia. Lo que falta es concienciación, formación y ganas», denuncia.
La tecnología también debe incorporarse al proceso de compra, advirtiendo si una sala es accesible o no. Desde Live Nation plantean que la adquisición de localidades pueda hacerse según el tipo de necesidad, lo que ayudaría a tener constancia de dónde están localizadas ante cualquier eventualidad, cada una en el espacio más adecuado.
Ayudaría pedir el certificado de discapacidad desde el mismo proceso de compra, como ya hacen algunos eventos como Noches del Botánico, frente a quienes se inventan estratagemas para hacerse con una plaza de este cupo especial: se ha visto hasta quien compra un bastón de invidente para acceder a los recintos.
«Yo en las reuniones he enfatizado que mucha gente se cuela en las zonas de movilidad reducida en los recintos grandes y en conciertos superdemandados. Solo en el de Rammstein del año pasado me pidieron el certificado y el DNI a la puerta», señala Fernández, volviendo de nuevo a la imagen del «milagro» de los conciertos de Oasis.
