El catedrático de Ciencias de la Computación e Inteligencia Artificial, Senén Barro, presenta en Santiago de Compostela ‘Poden pensar as máquinas?’, un ensayo divulgativo que busca explorar el potencial y los límites de la inteligencia artificial (IA) en nuestra sociedad. La obra investiga si las nuevas tecnologías “son o no inteligentes”, cómo nació la IA y hasta dónde podríamos llegar con su desarrollo.
Barro (nacido en As Pontes, 1962) advierte que, si bien las posibilidades que ofrece la IA son emocionantes, también se están generando señales de alerta que deberíamos considerar: “Es un mundo apasionante, pero en paralelo se están produciendo muchas señales que deberían de servirnos de alerta, de cautela. De pensar antes de actuar”, afirma en una entrevista con EFE.
El exrector de la Universidad de Santiago de Compostela (USC) y actual director científico del CiTIUS (Centro Singular de Investigación en Tecnologías Intelixentes), también menciona que las herramientas actuales, que permiten escribir, resumir, hacer propuestas y buscar soluciones, pueden resultar tentadoras a la hora de «delegar esfuerzo cognitivo y responsabilidades a las máquinas». Sin embargo, advierte que hay un “precio a pagar que todavía no somos capaces de imaginar, pero va a ser muy alto” para las personas en formación.
Barro sostiene que es fundamental realizar una profunda reflexión sobre estas nuevas realidades: “No hay ningún campo a día de hoy o ningún ámbito de desarrollo científico o tecnológico tan dinámico como la inteligencia artificial, y ninguno que esté llamado a tener tanto impacto. Lo percibimos aunque no seamos expertos. Por lo tanto, como en ningún otro ámbito, necesitamos información, formación, divulgación y cultura”, enfatiza.
Vocación divulgativa
En ‘Poden pensar as máquinas?’ (Editora Alvarellos), Barro se plantea la misma pregunta que Alan Turing formuló en 1950. La respuesta, según Barro, depende de “la semántica que se le quiera dar al verbo ‘pensar’”.
Desde un punto de vista antropocéntrico, “está claro que las máquinas no piensan, o al menos no piensan como las personas”, argumenta. Esto se debe a las diferencias fundamentales entre el soporte biológico del ser humano y el de los circuitos integrados. “Tampoco, desde un punto de vista funcional, operan como nosotros”, añade. Sin embargo, desde “una semántica práctica, de utilidad”, las máquinas pueden ser consideradas pensantes y “cada vez mejor”, opina Barro.
El propósito del libro es llegar a cualquier persona interesada en el origen de la IA, el desarrollo de los modelos de lenguaje (LLM) y las posibles aplicaciones de esta tecnología. “Probablemente no pararemos hasta conseguir máquinas que alcancen la inteligencia general de una persona o la superen. Pero en ese camino tenemos que tener mucha precaución y anticiparnos a los posibles problemas derivados del uso”, concluye el experto.
Beneficios y perjuicios de la IA
Barro señala que la IA supera a la inteligencia humana en términos de capacidad de cómputo y análisis de información, y si se utiliza correctamente, puede ser beneficiosa en campos como la salud, donde puede ayudar a anticipar enfermedades o a diseñar mejores fármacos. También sugiere que puede transformar la educación ofreciendo un modelo de enseñanza “personalizada”.
No obstante, también existen aplicaciones perjudiciales, como su uso en armamento o en la creación y difusión de noticias falsas. “Hay mejoras inconcebibles en la ciencia, la educación, la industria o la sanidad, pero también precios a pagar si no se usa correctamente”, resume Barro.
Necesidad de regulación
Consciente de su responsabilidad como profesor e investigador, Barro aboga por una regulación “amplia y global” en torno a la IA, señalando que la ética por sí sola no es suficiente. “La ética no es de obligado cumplimiento y las compañías pueden responder a intereses muy dispares, normalmente a maximizar sus beneficios económicos. Solo van a poner por delante el cumplimiento de la ley para no exponerse a sanciones importantes”, advierte.
Barro sostiene que las grandes tecnológicas están al tanto de que esto es un negocio “importante” y, en muchos casos, desarrollan herramientas “de forma extraordinariamente rápida sin haber evaluado cuál es el impacto negativo que puedan tener”. Asimismo, critica la prisa con la que se desarrollan estas tecnologías: “A veces parece que no hay tiempo, que hay que ir a la carrera. Pero es necesario reflexionar, evaluar y tener cautela para no perdernos como sociedad”, concluye.
