
MADRID, 7 jun. (EDIZIONES) – Un parpadeo constante, un carraspeo repetitivo o un movimiento brusco del hombro, por ejemplo, pueden ser tics frecuentes en la población infantil. La Ciencia es clara: tener un tic no equivale a sufrir el síndrome de Tourette. Así, coincidiendo con la conmemoración del Día Mundial de esta condición neurológica fundamentalmente pediátrica, explicamos cuáles son sus principales claves.
En concreto, el síndrome de Tourette lo padece cerca del 1% de la población pediátrica, según datos de la Sociedad Española de Neurología Pediátrica (SENEP). Precisamente, entrevistamos en Salud Infosalus a una gran conocedora de esta enfermedad, la neuropediatra del Grupo de Trabajo de Trastornos del Movimiento, doctora María Concepción Miranda Herrero.
La especialista recuerda que se trata de un trastorno neurológico frecuente en la población pediátrica, caracterizado por tics motores y vocales: “Los tics son un síntoma, son movimientos o sonidos abruptos, estereotipados e involuntarios; mientras que el síndrome de Tourette es un trastorno de tics crónico, con tics fónicos y motores, y con repercusión en la vida del paciente. No todos los pacientes con tics tienen síndrome de Tourette”.
De hecho, advierte que hasta un 10% de los niños pueden tener un trastorno de tics transitorios. Además, hay otros pacientes con un trastorno de tics crónicos motores o fónicos, pero sin llegar a tener un síndrome de Tourette.
La doctora destaca que el fenómeno es predominantemente pediátrico, debutando en la primera infancia, y que se suele diagnosticar entre los 6 y los 8 años. De hecho, solo un 20% de los pacientes (generalmente los más graves) mantienen el síndrome en la vida adulta.
El control de los tics puede ser un problema
Existe la creencia de que, en el caso concreto del síndrome de Tourette, los niños pueden controlar sus tics si se esfuerzan lo suficiente. ¿Hasta qué punto son realmente involuntarios? La doctora Miranda explica que los tics son un trastorno del movimiento involuntario, pero a diferencia de otros trastornos, estos pueden ser controlados voluntariamente, “siempre y cuando uno se concentre mucho y no sea un trastorno de tics grave, en cuyo caso es imposible ese control”.
Ese control voluntario, muchas veces, genera una gran ansiedad interna que, como afirma la neuropediatra, puede desencadenar en una explosión de tics posterior que compensa la ansiedad acumulada por intentar controlarlos.
Además, señala que el síndrome de Tourette puede empeorar con factores como el estrés, la ansiedad, la fatiga y la exposición social. “Los tics son fluctuantes, presentan exacerbaciones y remisiones muy dependientes de estos factores y de los momentos vitales que atraviesa el paciente”, añade. A su vez, menciona que existen factores que, “de forma idiosincrásica”, en algunos pacientes generan una mejora o empeoramiento de los tics, lo que resulta en perfiles muy individualizados que deben ser comprendidos por cada uno.
La especialista también menciona que muchos menores intentan reprimir sus tics durante las horas de clase debido a la vergüenza o miedo a las burlas: “Es frecuente que muchos niños intenten reprimir sus tics durante las horas lectivas o en situaciones sociales, porque temen ser señalados, preguntados o ridiculizados por esos movimientos o sonidos involuntarios”.
En estos casos, la concentración necesaria para controlar los tics puede generar una gran ansiedad y dificultades para concentrarse, lo que puede repercutir en su rendimiento académico y generar un importante estrés físico y mental.
Además, resalta que esos niños, al sentirse diferentes o tener miedo a ser objeto de burla, pueden experimentar alteraciones emocionales como ataques de ira o frustración que perjudican negativamente el control de los tics y la calidad de vida del paciente.
Recomendaciones para padres y profesores
Por todo ello, la neuropediatra enfatiza la importancia de que tanto padres como profesores se informen adecuadamente sobre este síndrome, “un trastorno de tics crónico, que implica una presencia de síntomas prolongada en el tiempo, durante años, con periodos de remisión y exacerbación según esos perfiles idiosincrásicos, donde factores ambientales influyen en los niños y el estrés y la ansiedad pueden empeorar su situación”.
En este sentido, es fundamental que sepan que estos menores tienen una buena evolución y que no deben preocuparse por el hecho de que no todos los pacientes tendrán un Tourette grave ni necesitarán tratamiento. Sin embargo, es importante que vigilen si hay repercusiones a nivel físico, social, emocional o académico por los tics, y en ese caso consultar con un especialista para buscar un tratamiento que mejore la calidad de vida del menor.
“Deben entender que en general los tics son involuntarios y que intentar reprimirlos, regañarlos, decirles que no lo hagan o simplemente preguntarles, solo puede empeorar la situación, además de generar ansiedad y problemas emocionales en el paciente”, advierte la doctora Miranda. Por ello, es esencial que desde el aula no se les castigue por esos movimientos o sonidos involuntarios que no reflejan falta de respeto hacia el profesor ni los compañeros.
Otro aspecto importante a considerar sobre este trastorno es que frecuentemente se asocia a otras comorbilidades psiquiátricas y neurológicas, como el TDAH, problemas de aprendizaje, trastornos del estado de ánimo, TOC, ansiedad o estrés, fenómenos que en muchas ocasiones impactan en la calidad de vida de estos pacientes.
“Si el niño está muy incómodo o sobrepasado en clase, puede ser útil permitirle salir al baño o fuera de clase; proporcionarle un espacio para relajarse o liberar los tics reprimidos puede ayudarles a manejarlos en determinadas circunstancias”, concluye la especialista y miembro de la SENEP.
Finalmente, la doctora Miranda destaca la importancia de un abordaje multidisciplinario en el síndrome de Tourette, que incluya a profesionales de Psiquiatría, Psicología, Logopedia y orientación escolar, entre otros.
