
MADRID, 8 Abr. – Nadie elige envejecer con demencia. Sin embargo, durante mucho tiempo, la medicina no supo cómo evitarlo. Los avances en tratamientos han llegado tarde, y los factores de riesgo conocidos —genética, hipertensión, sedentarismo— son difíciles de cambiar cuando el daño ya está hecho. La pregunta que obsesiona a los investigadores es siempre la misma: ¿hay algo que podamos hacer antes? Identificar factores protectores modificables no es solo ciencia, es una necesidad.
14 AÑOS, 9.000 PERSONAS Y UNA SOLA PREGUNTA
Un nuevo estudio realizado por investigadores de Estados Unidos afirma que un mayor optimismo se asocia con un menor riesgo de desarrollar demencia. En el análisis de datos del Estudio de Salud y Jubilación, se evaluó el optimismo mediante la Prueba de Orientación Vital Revisada (VERT), que fue validada en 9.071 individuos cognitivamente sanos, dentro de los dos años posteriores a la obtención de la primera medición de la función cognitiva de cada persona. La demencia se evaluó durante un seguimiento de hasta 14 años.
Un aumento de una desviación estándar en el optimismo se asoció con un riesgo un 15% menor de desarrollar demencia, después de ajustar por edad, sexo, raza/etnia, educación, depresión y afecciones de salud importantes.
«Identificar el optimismo como un factor psicosocial protector subraya el valor potencial del optimismo para favorecer un envejecimiento saludable», concluyen los autores que han publicado sus resultados en la revista ‘Journal of the American Geriatrics Society’.
¿POR QUÉ ESTE HALLAZGO LLEGA EN EL MOMENTO JUSTO?
La demencia afecta ya a más de 1.100.000 personas en España, y cada año se suman unos 40.000 nuevos diagnósticos. Según Alzheimer Europe, nuestro país será el de la UE con mayor aumento de la tasa de prevalencia en las próximas décadas: en 2050, la cifra podría rozar los 1.800.000 afectados —un incremento del 80% en solo 25 años.
A nivel mundial, la OMS contabiliza 57 millones de personas con demencia hoy, y proyecta 139 millones para mediados de siglo. Con ese horizonte, identificar qué factores pueden proteger el cerebro deja de ser un ejercicio académico para convertirse en algo mucho más urgente.
