El kiwi, el ave más reconocible de Nueva Zelanda, vuelve a caminar de noche por las colinas de Wellington después de más de un siglo de ausencia. El proyecto Capital Kiwi ha completado el traslado de 250 ejemplares a la zona, culminando en una última liberación que tuvo lugar en un momento muy simbólico en el Parlamento neozelandés.
La noticia no solo es alentadora, sino que también es crucial para entender cómo puede recuperarse una especie cuando vecinos, propietarios, comunidades maoríes y científicos trabajan juntos en la misma dirección. En un mundo donde muchas ciudades se acostumbran a perder fauna, Wellington está intentando lo contrario, y eso es evidente.
Un regreso con 250 aves
La última fase del proyecto cerró con la liberación de siete kiwi en Terawhiti Station, cerca de Mākara, al oeste de Wellington. Antes de llegar al monte, algunos ejemplares fueron presentados en el Parlamento, un gesto poco habitual para un animal nocturno, tímido y casi siempre invisible para la mayor parte de la población.
Paul Ward, fundador de Capital Kiwi, resumió el sentido del proyecto con una frase sencilla: «Son parte de lo que somos y de cómo sentimos que pertenecemos a este lugar». No se refería solo a un ave; hablaba de una identidad nacional que, durante generaciones, se había quedado fuera de la capital.
Por qué desaparecieron
Los kiwi no vuelan, tienen alas muy reducidas y dependen mucho del suelo para alimentarse y criar. Esto los hace fascinantes, pero también vulnerables. La llegada de depredadores introducidos como armiños, hurones, gatos y perros llevó a muchas poblaciones al borde de la extinción.
El Departamento de Conservación de Nueva Zelanda calcula que actualmente quedan unos 70.000 kiwi en el país, y las poblaciones no gestionadas pierden alrededor de un 2 % cada año. En zonas sin control de depredadores, la supervivencia de los polluelos puede ser extremadamente baja. Sin vigilancia, muchos no llegan a crecer.
La clave está en las trampas
El regreso a Wellington no comenzó el día de la liberación, sino años antes, con una red de control de depredadores que se extiende por unas 24.000 hectáreas de terreno, gran parte privado, alrededor de la ciudad. En esta área se han instalado más de 5.000 trampas, especialmente contra armiños, uno de los grandes enemigos de los polluelos.
¿Qué significa esto en la práctica para una ciudad? Significa que no basta con soltar animales y esperar suerte. Hay que preparar el territorio, hablar con propietarios, coordinar voluntarios, revisar trampas y mantener el trabajo durante años. La naturaleza puede volver, sí, pero raramente lo hace por sí sola.
Los primeros polluelos
Uno de los datos más llamativos es la supervivencia de los polluelos. Según información publicada sobre el proyecto, el permiso del Departamento de Conservación exigía alcanzar un 30 % de supervivencia de crías, pero Capital Kiwi ha superado esa meta con una tasa cercana al 90 % en Wellington.
Esta cifra explica por qué los responsables hablan de una población que ya empieza a sostenerse por sí misma. No se trata solo de trasladar aves desde santuarios protegidos. La señal realmente positiva es que los kiwi pueden criar en libertad y que sus polluelos alcanzan el peso suficiente para defenderse de los depredadores.
Una ciudad que escucha de noche
En Wellington, algunos vecinos ya han visto kiwi en cámaras de seguridad, jardines o zonas cercanas a senderos. Para cualquiera que viva en una gran ciudad, esto puede parecer extraño. Normalmente hablamos de ruido, tráfico y luces; aquí, la historia se centra en escuchar un ave nocturna donde antes no se oía nada.
El kiwi es además un animal muy particular. Tiene plumas que parecen pelo, un pico largo, un olfato muy desarrollado y una forma de moverse que lo hace inconfundible. Es una de esas especies que no necesitan ser enormes para tener un peso cultural gigantesco.
Más que una suelta de animales
Durante años, muchas especies amenazadas de Nueva Zelanda han sobrevivido principalmente en islas o santuarios muy controlados. Este modelo ha salvado vidas, pero también tiene un límite. Cuando esas zonas se llenan, los proyectos necesitan nuevos lugares seguros.
Aquí es donde entra Wellington. La capital se ha convertido en una prueba de algo más ambicioso: devolver fauna silvestre a un entorno donde viven muchas personas. No es poca cosa. Si una ciudad puede convivir con kiwis, también puede cambiar su forma de entender parques, perros, noches y límites.
Lo que viene ahora
El reto no termina con el ejemplar número 250; de hecho, comienza otra etapa. Mantener una población salvaje exige vigilancia constante, control de depredadores, educación ciudadana y cuidado especial con los perros, porque un solo ataque puede echar por tierra años de trabajo en una zona pequeña.
Para los vecinos, la consigna es sencilla: no molestar, no acercarse, mantener a los perros controlados y avisar a los equipos de conservación si aparece un animal en un lugar de riesgo. Para el resto del mundo, la lección también es clara: la restauración ecológica funciona mejor cuando la comunidad no mira desde fuera, sino que participa.
La información oficial del proyecto está publicada en The Capital Kiwi Project.
