Los planes de China de construir una «megaembajada» en el corazón histórico de Londres suponen un quebradero de cabeza para el Gobierno británico. En este contexto, se deberá tomar una decisión definitiva en 2026 sobre un proyecto que genera grandes recelos debido a sus potenciales riesgos para la seguridad nacional del país.
Un proyecto de gran envergadura
De llevarse a cabo, esta fortaleza de 20.000 metros cuadrados, ubicada en la antigua sede de la Real Casa de la Moneda británica, frente a la emblemática Torre de Londres y a escasos metros del distrito financiero de la City londinense, se convertiría en la embajada china más grande en Europa. En uno de sus muros de ladrillo rojizo, alguien ha escrito con espray la palabra “pending” (pendiente), reflejando así el estado actual del proyecto.
Desde que China compró el complejo por 255 millones de libras (más de 290 millones de euros) en mayo de 2018, los planes continúan sin aprobación. La fecha límite para la decisión final está fijada para el próximo 20 de enero.
Los temores de espionaje
Esta resolución, inicialmente prevista para el pasado 9 de septiembre, ya ha sido pospuesta en hasta tres ocasiones por el Ejecutivo laborista de Keir Starmer, luego de que los servicios de inteligencia británicos (MI5, MI6) y hasta la Casa Blanca estadounidense advirtieran que la ubicación estratégica del proyecto podría facilitar a Pekín sus presuntas acciones de espionaje.
Dominic Cummings, antiguo asesor del ex primer ministro Boris Johnson, comentó en una entrevista en ITV News que sería “una idea extremadamente mala” permitir que el plan avance, dado que durante su tiempo en el cargo, MI5 y MI6 le informaron «explícitamente» que China estaba intentando construir “un centro de espías debajo de la embajada”.
Asimismo, el analista del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), Aosheng Pusztaszeri, señaló que “lo más alarmante es la proximidad del emplazamiento a líneas de comunicación sensibles y cables de fibra óptica” que, si son interceptados por China, podrían otorgarle acceso a cientos de miles de datos internacionales, especialmente financieros, que circulan a diario en Londres.
Incidencias en la comunicación con China
El Reino Unido envió en agosto una misiva a China exigiendo explicaciones sobre por qué los planos presentados del proyecto de la megaembajada contenían partes «censuradas», incluyendo el enorme sótano de uno de los edificios. Pekín, hasta ahora, ha rechazado proporcionar esas aclaraciones.
Un portavoz de la embajada china en Londres se limitó a afirmar que su solicitud cumplía con todas las normativas y procedimientos necesarios, instando al Gobierno británico a aprobar los planes lo antes posible para “evitar socavar aún más la confianza mutua y la cooperación entre ambos países”. Inicialmente, la encargada de dar luz verde al plan era la ex ministra de Vivienda británica, Angela Rayner, pero tras su dimisión en septiembre, la decisión recae ahora en el actual ministro del ramo, Steve Reed, y en el propio Starmer.
Preocupaciones sobre la seguridad nacional
En su discurso anual en la City de Londres, el primer ministro británico definió este mes a China como “una fuerza decisiva en tecnología, comercio y gobernanza global que, al mismo tiempo, también representa una amenaza para la seguridad nacional del Reino Unido”. China ha incrementado su presencia diplomática en el territorio británico, pasando de 116 funcionarios en 2020 a 142 en 2025, según el diario ‘The Times’.
El MI5 emitió recientemente una alerta inusual dirigida a todos los miembros del Parlamento británico sobre posibles actividades de espionaje por parte de Pekín, que incluirían a individuos que se hacen pasar por “cazatalentos” en LinkedIn para acercarse a sus objetivos.
Preocupación entre la población local
Este sentimiento de desasosiego también se percibe en las calles aledañas al complejo, donde al menos un centenar de viviendas son propiedad de la República Popular China, y sus inquilinos temen ser desahuciados si la megaembajada avanza. Joseph, un londinense de nacimiento, expresa que rechazaría el plan de Pekín por “los peligros de seguridad y la incertidumbre” que representa.
La preocupación también es palpable entre los disidentes chinos, especialmente tibetanos, uigures y exiliados de Hong Kong, quienes han organizado numerosas protestas en contra del proyecto, temiendo que la nueva embajada incremente la vigilancia y represión a la que ya están sometidos por China.
Con este telón de fondo, Starmer planea viajar a Pekín a finales de enero, en lo que sería la primera visita de un mandatario británico al país en ocho años. Sin embargo, primero deberá evaluar si los riesgos de aprobar esa megaembajada son un precio razonable a pagar por estrechar los lazos con el gigante asiático.
