Carlos González de Rivera | Mérida (EFE).- Jacobo Rodríguez Pereira, un comerciante judeoconverso nacido en Berlanga (Badajoz) en 1715, se convirtió en el primer maestro oralista de sordos en Francia gracias a su innovador método de enseñanza. Su fama llegó incluso hasta el rey Luis XV, de quien fue intérprete de español y portugués.
Junto a varios de sus alumnos, realizó demostraciones ante los reyes de Polonia, Dinamarca y Suecia, ya que en aquella época un sordo hablando era considerado un «milagro», según el psicólogo Juan M. Pérez Agudo.
Pérez Agudo revela en su libro, publicado por la Editora Regional de Extremadura, el recorrido vital de este hombre, que cambió varias veces de nombre a lo largo de su vida, así como su importante labor pedagógica.
El pionero olvidado
En una entrevista con EFE, Pérez Agudo se refiere a Rodríguez Pereira como «el pionero olvidado», ya que, a pesar de haber estudiado pedagogía e historia de la logopedia, no había oído hablar de él hasta que leyó el libro ‘Sordomudez’, de Perelló y Tortosa, mientras trabajaba con niños sordos. Este descubrimiento lo cautivó, llevándolo a dedicar su tesis doctoral, varios artículos y años de investigación a su figura.
Los padres de Jacobo, de origen luso y descendientes de sefardíes españoles, decidieron abandonar Portugal con destino a Italia, donde los judíos eran mejor tratados. Sin embargo, al fondear su barco en Cádiz, fueron detenidos por la Inquisición y, debido a la falta de espacio en Sevilla, terminaron en la cárcel de Llerena (Badajoz), cerca de Berlanga.
El origen español
A pesar de los intentos por parte de Portugal de «apropiarse de él» y de que hay un monumento en su honor en Peniche, Jacobo Rodríguez Pereira no nació allí; está acreditado que su origen es Berlanga. Se puede verificar a través de su epitafio -se encuentra enterrado en el cementerio judío de París, cuya fundación promocionó- y varios documentos que permiten seguirle la pista bajo diferentes nombres.
Fue registrado en Berlanga como Francisco Antonio López Enríquez, según consta en el libro de bautismos de la parroquia, y existe una fotografía de la partida de bautismo en un museo de Braganza (Portugal).
Uno de los cambios de nombre de este hombre, que tenía una hermana sorda, se produjo en 1741, al establecerse en Burdeos. Allí abandonó el nombre cristiano Francisco Antonio y adoptó el de Jacob (Jacobo), añadiendo el Pereira de su madre al apellido Rodríguez que ya utilizaba.
En otra instancia, también afrancesó su segundo apellido, al cambiar la «a» por la «e».
Un método científico
Tras residir en Berlanga, Llerena, Sevilla y Cádiz, fue en Burdeos, ciudad que conocía por los negocios familiares, donde comenzó a vivir como judío, aprendió hebreo, se circuncidó y empezó a trabajar como maestro de sordos.
Aunque se considera que la pedagogía científica comenzó en el siglo XIX, el autor defiende que el método de Jacobo ya era «científico» un siglo antes, ya que leyó todos los libros de la época sobre el tema, experimentó con sus alumnos e introdujo novedades en la enseñanza en función de los resultados.
Jacobo, que trabajaba de forma individualizada con sus alumnos, les enseñaba a colocar los órganos para articular los fonemas, haciéndoles tocar la garganta de su maestro. También usaban espejos para verse, una técnica bastante innovadora para la época, según señala Pérez Agudo. Su «método fisiológico» alcanzó tal «grado de perfección», que sus estudiantes pronunciaban el francés con acento español.
Al ser tachado de «estafador», llevó sus demostraciones a la Academia de Ciencias de París, que avaló su trabajo.
Muerte y silencio
Jacobo Rodríguez Pereira fue «desconocido» en España y «silenciado» en Francia tras su muerte. Pérez Agudo atribuye este último hecho a que coincidió temporalmente con el abate Charles-Michel de l’Épée, quien utilizaba el lenguaje de signos y es considerado «la figura central de los sordos en Francia», dado que era un cura cristiano en contraste con un judío.
Muchos de sus trabajos han sido destruidos o se han perdido, por lo que sus enseñanzas han trascendido a través de autores como Édouard Séguin, y también influyó en otros personajes no necesariamente ligados a la educación de sordos, como su amigo el filósofo Jean-Jacques Rousseau.
Jacobo fue representante del pueblo judío en París y un defensor de sus derechos. Sin embargo, su religión le impidió ingresar en la Academia de las Ciencias de París, aunque los académicos franceses lo promovieron para ser miembro de la Real Sociedad de Londres.
