MADRID, 27 Abr. – Los trastornos de tics, como el síndrome de Tourette, son afecciones neuropsiquiátricas comunes que afectan significativamente la vida de los niños. A pesar de su prevalencia, los mecanismos neuronales que los subyacen aún no se comprenden del todo.
Tradicionalmente, estos síntomas se han asociado a alteraciones en los circuitos motores del cerebro. Sin embargo, nuevas investigaciones amplían esta visión, sugiriendo que áreas relacionadas con las emociones y la percepción también podrían desempeñar un papel relevante en este trastorno.
Un trastorno más complejo de lo que se creía
Un estudio reciente realizado en ratones por la Universidad de Kobe (Japón) ha descubierto una conexión entre el síndrome de Tourette y las funciones emocionales del cerebro. Este hallazgo, publicado en ‘Cell Reports’, abre nuevas vías de investigación para el tratamiento de esta afección.
Los investigadores han identificado un circuito en la corteza motora del cerebro que genera los tics motores cuando presenta disfunciones. No obstante, una característica distintiva del síndrome de Tourette es el «impulso premonitorio» que sienten quienes lo padecen, frecuentemente acompañado de otros trastornos como el trastorno obsesivo-compulsivo, el trastorno por déficit de atención e hiperactividad o el trastorno del espectro autista. Esto sugiere la implicación de otras áreas cerebrales en el cuadro clínico.
«Los estudios de neuroimagen en personas con trastornos de tics han reportado actividad anormal en la corteza insular, responsable del procesamiento emocional y la autoconciencia. Sin embargo, se ha investigado poco sobre la relación entre los trastornos de tics y esta región», señala Tachibana Yoshihisa, neurofisiológo de la Universidad de Kobe.
Tachibana, experto en la interrelación entre cuerpo y mente, previamente había reportado que dos tercios de los pacientes con síndrome de Tourette que usaban un protector bucal mostraron mejoras considerables en los tics motores y vocales.
El papel de las regiones emocionales del cerebro
Los investigadores rastrearon las neuronas encargadas de percibir los movimientos musculares, descubriendo que estaban conectadas a la corteza insular. Esto sugiere que los tics podrían aliviarse modificando la conexión de esta región con la corteza motora. Para probar esta hipótesis, se propusieron averiguar cómo se relacionan estas áreas y cómo manipular esta conexión podría modificar los tics en un estudio con ratones a los que se les inducían tics artificialmente.
En su trabajo, los expertos reportan haber encontrado una conexión neuronal desde la corteza motora, pasando por una estación de relevo talámica intermedia, hasta la corteza insular. Esta estación es relevante, ya que se ha utilizado como objetivo para terapias de síndrome de Tourette mediante estimulación cerebral profunda, aunque su mecanismo de acción no estaba claro.
Asimismo, los investigadores demostraron que al inhibir esta vía de conexión se lograba reducir notablemente la intensidad de los tics, aunque no su frecuencia. «Creemos que el circuito neuronal que hemos identificado juega un papel crucial como puente entre regiones cerebrales que antes se pensaban independientes», concluye Tachibana.
Un circuito cerebral que conecta emoción y movimiento
En cada estudio, los investigadores siguen considerando que los tics motores pueden ser el resultado de una función anómala de la corteza motora del cerebro. Sin embargo, la conexión hallada parece explicar cómo esta disfunción se propaga a otras regiones. Esto no solo podría explicar el origen de los síntomas emocionales y cognitivos del síndrome de Tourette, sino también la frecuencia con la que se presenta junto a otros trastornos neuropsiquiátricos.
La conexión propone una nueva vía de investigación para posibles tratamientos. «La estimulación cerebral profunda actualmente utilizada es invasiva y conlleva riesgos de complicaciones. Por otro lado, la intervención enfocada en el procesamiento neuronal a través del circuito que hemos descubierto, como la neuromodulación por ultrasonido, podría representar una alternativa para desarrollar métodos de tratamiento menos invasivos y más seguros», concluye Tachibana.
