MADRID, 23 Nov. (EDIZIONES) – No hace falta vivir un accidente, una violación o una catástrofe para sufrir un trauma. Según las psicólogas Begoña Aznárez y Raquel López Pavón, cualquier experiencia que impacta emocionalmente y que no puede compartirse puede transformarse en una herida traumática. “El silencio y la falta de acompañamiento son los verdaderos responsables de que una vivencia dolorosa se convierta en trauma”, coinciden ambas expertas, al mismo tiempo que advierten: el cuerpo siempre lleva la cuenta, aunque la mente lo oculte.
Begoña Aznárez es presidenta de la Sociedad Española de Medicina Psicosomática y Psicoterapia (SEMPyP), así como psicóloga y psicoterapeuta especialista en trauma y apego. Acaba de publicar con Vergara precisamente ‘Las heridas que no vemos’, un libro en el que aporta las claves con las que entender y sanar el trauma.
Explica que un acontecimiento podemos identificarlo como ‘trauma’ cuando se trata de algo que nos impacta emocionalmente pero con el que hay silencio detrás, es decir, “el silencio convierte experiencias de alto impacto emocional en heridas traumáticas, el no poder contarlo a otros”, y por las razones que sean, no puedas contarlo a tus figuras de apego, que deberían apoyarte, y debes guardártelo para ti y aparentar normalidad.
Afirma, además, que el “trauma psíquico es universal y todo el mundo sufre, de una u otra manera, sus consecuencias”, reconociendo que, efectivamente, todos tenemos la experiencia de haber vivido acontecimientos que nos han impactado y que no han podido ser compartidos con otros, algo que ayudaría a legitimar y a etiquetar lo sucedido. “Todos tenemos experiencias de este tipo, acontecimientos que nos hubiera gustado que afectivamente nos hubieran podido acompañar en el proceso pero, por las razones que sean, no ha sido así”, subraya.
Mientras, Raquel López Pavón (@raquelopezpsicologia), psicóloga especializada en trauma complejo y regulación emocional, en su nuevo libro ‘No es un monstruo, es una herida’ (Kitaeru), insiste en que un trauma puede generarse cuando supera nuestra capacidad de afrontamiento y es algo que no podemos integrar.
También destaca que si los traumas tienen lugar en la infancia, pueden dejar una huella mayor en nosotros, dado que es una etapa en la que somos más vulnerables: “no sabemos regularnos solos, no tenemos capacidad de afrontamiento y estamos desarrollando nuestra identidad”.
SIGNOS DE QUE QUIZÁS TENEMOS UN TRAUMA
Sobre los posibles signos de que podemos arrastrar un trauma, quizás sin saberlo, Begoña Aznárez menciona la disociación como el primero: “una manera que tiene nuestro organismo de hacerse con ello, de forma que lo apartamos para seguir adelante, lo disociamos y lo pasamos a un nivel de conciencia que está apartado y al que no somos accesibles, pero eso no significa que el cuerpo no lleve la cuenta”.
Sostiene que se pueden dar síntomas como dermatitis o cefaleas, problemas con la regla, gastritis, síndrome del Intestino Irritable, dificultades para el sueño y la atención, bajo rendimiento a nivel cognitivo, pesadillas frecuentes, ansiedad, ánimo deprimido, entre otros.
“Es necesario ver qué hay detrás de un síntoma en muchas ocasiones porque puede haber una experiencia traumática que resolver y el gran síntoma que acompaña a la experiencia traumática es la disociación, que se muestra a partir de las somatizaciones”, remarca Aznárez.
Raquel López Pavón añade que hay ciertos síntomas comunes al trauma como la evitación y las detonaciones traumáticas, que nos hacen reaccionar de manera intensa y que no corresponden con el presente, sino con la experiencia pasada; o también están aquellos perfiles de personas que se ven como válidas, pero que por dentro se sienten pequeñas o que pueden llegar a sentirse impostoras.
“Cuando tenemos un trauma, nuestro cerebro no puede hacer lo que normalmente hace, que es procesar e integrar para transformar en recuerdos, con los que aprendemos. Cuando hay un trauma, esto no sucede. A nivel cerebral, provoca que el área de la corteza prefrontal, encargada de regular emociones e impulsos, esté menos activada, mientras que el área cerebral de la amígdala, relacionada con el miedo y las emociones intensas, se hiperactiva”, relata.
Todo ello, al no haber podido procesar el hecho traumático, hace que, inconscientemente, nuestro cerebro siga pensando que está en peligro y active los mecanismos de supervivencia, lo que resulta en una sobrecarga mental continua. Esto afecta nuestra capacidad de vivir y disfrutar de forma normal. “Si ocurre en la infancia y en la adolescencia, hay menos grosor en la corteza prefrontal; te reconfigura el cerebro”, añade López Pavón.
SANAR UN TRAUMA, ¿NUNCA ES TARDE?
Con todo ello, preguntamos a estas expertas si nunca es tarde para sanar un trauma, a lo que Begoña Aznárez asegura que “nunca es tarde” y que <strong“nunca hay que rendirse en este sentido: “Si sigues buscando respuestas y vives malestar, si estás dispuesto a trabajar y a asumir el dolor de hurgar en las heridas, naturalmente conseguirás resultados”.
Cree en la psicoterapia, con más de 30 años de experiencia, aunque considera que hay personas a las que les pueden servir otras vías: “Ninguna técnica es mejor que otra, según los estudios, sino lo que marca la diferencia en los buenos resultados es la figura del terapeuta, porque lo más importante es el vínculo. Si generas un vínculo terapéutico con alguien que solicita ayuda, ahí puede estar la clave para sanar tus heridas”, asegura.
Por su parte, Raquel López Pavón rechaza la idea de que “el tiempo lo cura todo”: “Si hablamos de un duelo normal, con el tiempo la persona puede ir integrándolo, pero con el trauma eso no sucede porque el cerebro no entiende que esto ya pasó y sigue estando vivo; el tiempo es irrelevante. A veces llegan personas con 50 años y el trauma es de cuando eran pequeños”.
Esta psicóloga destaca que no todos los traumas son iguales y existen diferencias en su magnitud, pero que el trauma tiene solución en la gran mayoría de los casos a través de terapia especializada. Dependiendo del caso, puede incluso requerir apoyo farmacológico a corto plazo.
