El proyecto se inserta en un parque hidroeléctrico muy grande. Hidroelectrica, el operador, declara que explota 188 capacidades hidro y una central eólica, con 6.480,403 MW en total (cifras de 2024) y un peso relevante en el sistema energético nacional. Esa escala explica por qué un activo adicional de 119 MW, aun sin ser el mayor del país, puede ser estratégico cuando se suma a una cartera que ya sostiene buena parte del mix.
En paralelo, Europa está premiando proyectos hidráulicos que combinan rendimiento y menor huella, como la ampliación de Aguayo II, apoyada con financiación comunitaria para reforzar la integración renovable.
El argumento ambiental que puede decidir la narrativa
La parte más interesante del expediente no es la cifra de megavatios, sino el intento de “coser” el río. La alternativa seleccionada se presenta como una forma de evitar la fragmentación lateral y longitudinal del curso de agua, manteniendo la conectividad y el funcionamiento de los ecosistemas acuáticos, además de fijar un esquema de prevención, reducción y control de impactos.
Y en un país donde el listón lo marcan gigantes como Poŗile de Fier, que Hidroelectrica sitúa con 1.166,4 MW solo en su bloque principal, cada nuevo proyecto queda bajo escrutinio público. Eso obliga a hilar fino con seguridad, caudales y biodiversidad, no solo con producción.
Cuando el agua manda, también manda el clima
El contexto global recuerda que la hidráulica depende de caudales y de decisiones de gestión. Un ejemplo reciente es la variación anual de grandes complejos, como muestra el repunte de la producción de Itaipú en 2025, que se relaciona con disponibilidad hídrica y demanda. Esa volatilidad es precisamente la razón por la que los proyectos actuales se evalúan cada vez más como infraestructura energética y como infraestructura de riesgo.
