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MADRID, 17 de octubre (EUROPA PRESS) – Los misiles Tomahawk, fabricados por Estados Unidos, se han convertido en una de las principales peticiones de Ucrania a Washington para mejorar sus capacidades militares y llevar a cabo ataques en profundidad en Rusia, en el marco del conflicto desatado en febrero de 2022 por la orden de invasión dictada por el presidente ruso, Vladimir Putin.
Estos sistemas de armas, conocidos como BGM-109 Tomahawk y fabricados por la empresa Raytheon, son misiles de crucero que pueden ser lanzados desde buques, submarinos y lanzaderas terrestres. Tienen la capacidad de golpear objetivos situados a distancias de hasta 2.500 kilómetros, un rango muy superior al de las armas enviadas hasta la fecha a Ucrania por sus socios occidentales, incluyendo países europeos.
Hasta ahora, Kiev ha utilizado misiles como los británicos Storm Shadow, con un rango de aproximadamente 250 kilómetros, y los estadounidenses ATACMS, que tienen un alcance de cerca de 300 kilómetros. Estas distancias son considerablemente inferiores a las de los Tomahawk, que además transportan cabezas altamente explosivas y vuelan a velocidad subsónica, lo que dificulta su detección por radar, gracias a su capacidad de volar a baja altitud.
El Departamento de Defensa estadounidense indica en un documento sobre las características de este misil que el Tomahawk puede portar «cargas nucleares o convencionales». Su variante terrestre incluye modelos con una cabeza explosiva de mil libras (aproximadamente 453 kilogramos) y más de 150 submuniciones.
Raytheon destaca en su página web que la versión más reciente, denominada Block IV Tactical Tomahawk (TACTOM), tiene la capacidad de «cambiar objetivos mientras está en vuelo». La compañía señala que puede permanecer inmóvil durante horas y cambiar de rumbo instantáneamente cuando se le ordena, una funcionalidad también resaltada por el Departamento de Defensa, que indica que puede realizar «maniobras evasivas» tras su lanzamiento.
El desarrollo de este tipo de misiles de crucero, que utilizan alas de elevación y un sistema de propulsión por reactor, comenzó en la década de los setenta y se utilizaron en combate por primera vez durante la Guerra del Golfo en 1991. Sin embargo, estas armas enfrentaron problemas de navegación durante la invasión de Irak en 2003, donde se considera que las características del terreno desértico llevaron a fallos en la ubicación de objetivos, resultando en diez misiles impactando en Turquía, Arabia Saudí e Irán, según el think tank Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS).
Las variantes posteriores han incluido sistemas de navegación que utilizan coincidencia de contornos del terreno (TERCOM), GPS y un área de correlación en correspondencia de escenas digitales (DMAC) para mejorar sus capacidades. Estados Unidos ha usado estos misiles también en Afganistán, Somalia, Libia y Siria.
En 2024, el Ejército estadounidense desarrolló una nueva lanzadera terrestre para el disparo de misiles Tomahawk y Typhon, después de realizar las primeras pruebas con los primeros un año antes. Esto permitirá que estos misiles no tengan que ser lanzados únicamente desde buques o submarinos, aunque Moscú argumenta que su uso requeriría que Washington proporcione equipamiento o incluso datos sobre objetivos.
La entrega de estos misiles permitiría a Ucrania atacar más de 1.500 «objetivos militares» en Rusia, según el think tank estadounidense Institute for the Study of War (ISW). Un informe reciente destaca que esta cifra podría ser de 1.655 —incluidas 67 bases aéreas— para los Tomahawk con un alcance de 1.600 kilómetros, y de 1.945 —incluidas 76 bases aéreas— para la variante con un rango de 2.500 kilómetros.
Estos objetivos abarcan «bases permanentes, sedes de unidades, almacenes, arsenales, depósitos de combustible, instalaciones de radio, centros de mando, centros de defensa aérea, bases aéreas, bases de reparación, fábricas de armas, centros de entrenamiento y similares», destacando la importante base aérea de Engels y una notable fábrica de drones kamikaze en Tartaristán.
La posesión de estos misiles por parte de Ucrania también pondría bajo su radio de alcance la capital rusa, Moscú, que se encuentra a menos de 500 kilómetros de la frontera común. Esto ha generado alarmas entre las autoridades rusas, quienes consideran que la entrega de estos sistemas a Kiev representa una «línea roja».
Ucrania, por lo tanto, espera que la llegada de estos misiles pueda suponer un cambio en el equilibrio de fuerzas que fuerce a Moscú durante las conversaciones de paz, tras más de tres años y medio de invasión, en la que Rusia ha ocupado parcialmente varias provincias que aspira a anexar junto con la península de Crimea a través de la mesa de negociaciones.
