La ‘Flash Drought’, o sequía rápida, es un fenómeno climático caracterizado por la rápida intensificación de condiciones de sequía en un corto período de tiempo, generalmente en semanas, en lugar de meses o años. Este tipo de sequía representa una amenaza significativa para la agricultura, los recursos hídricos y los ecosistemas, ya que puede causar daños severos en un corto lapso y dejar poco tiempo para la adaptación o la mitigación. Además, como veremos a continuación, guarda una relación con los incendios debido a las grandes masas forestales que se generan.
Un verano de incendios como no se recuerda antes
Los incendios de agosto de 2025 han sido sin precedentes en nuestro país: con una virulencia jamás vista, han arrasado en superficie el equivalente a Mallorca, Ibiza y Formentera juntas en cuestión de apenas unas semanas. Para que se dé un episodio tan severo debe haber una conjunción de factores: la densa vegetación en grandes bosques, la gran cantidad de combustible disponible o una deficiente gestión forestal, entre otros.
Asimismo, el gran crecimiento de la vegetación joven y las características propias de esta en el noroeste, donde se han concentrado los focos, pueden ser otros elementos clave en que esta ola haya resultado tan extrema. Sin embargo, entre todos estos parámetros, destaca la meteorología por el calor extremo, el fuerte viento y la inexistencia de lluvias en condiciones de gran demanda evaporativa o sequía flash. ¿Cuáles han sido las claves meteorológicas detrás de esta debacle ambiental?
Unas variables meteorológicas muy extremas
Esta ola de incendios se ha dado en el marco de la ola de calor más intensa jamás registrada en España, además de ser la tercera más larga, con una duración superior a las dos semanas. Recordemos que no ha sido la única ola de calor del verano: en junio tuvimos la primera, lo que contribuyó a secar la vegetación que después actuaría como combustible de los incendios durante la segunda ola del verano.
Aunque esta primavera ha sido entre dos y tres veces más lluviosa de lo normal en algunas zonas de España, no es el caso de la más castigada: Ourense, León y Zamora. Dentro de este triángulo se incluye el norte de Portugal, también muy gravemente afectado por el fuego.
El noroeste de la península Ibérica ha sufrido temperaturas altísimas durante la última ola de calor. Mismamente, Ourense tuvo 15 días consecutivos con temperaturas máximas por encima de los 37 °C, superando en 5 de ellos la barrera de los 40 °C. Todo esto tras haber vivido ya un primer envite del calor extremo a finales de junio, cerrando dicho mes con tres días consecutivos también por encima de este valor. Además, el triángulo Ourense-León-Zamora experimentó una de las mayores anomalías positivas de temperatura en el mes de julio, junto con un carácter entre seco y muy seco, contribuyendo al estrés hídrico.
Los llamados incendios de sexta generación
Otro factor que jugó totalmente en contra de la lucha antiincendios fue el viento: aunque muchas veces parecía amainar durante las noches y por la mañana, por las tardes volvía a ganar intensidad, con rachas de más de 40 km/h imposibilitando las tareas de extinción.
Muchos de estos incendios han sido de sexta generación, quedando fuera de la capacidad de extinción y generando su propia meteorología a partir del crecimiento de pirocúmulos: nubes de tormenta capaces de generar sus propios vientos que desestabilizaban los pronósticos de los modelos numéricos. Incluso se llegaron a observar algunos tornados de fuego en el seno de estas nubes.
Y, por supuesto, la ausencia de precipitaciones durante la ola de calor, con tormentas secas cuyos rayos fueron responsables de algunos de los focos, como en el caso de Extremadura. Precisamente el papel de la lluvia, o mejor dicho, de la falta de esta, podría ser clave para explicar la magnitud de esta ola de incendios.
¿Qué es la sequía exprés o ‘flash drought’?
La sequía comúnmente se define como un periodo determinado de ausencia o déficit de precipitaciones, generando de este modo una indisponibilidad del agua. Las sequías flash se refieren a periodos cortos de déficit, de apenas unas semanas. Cuando la falta de lluvia coincide con un episodio de calor, pueden producirse grandes demandas evaporativas por parte de la atmósfera. En ese caso, se produce una sequía flash que conlleva un gran estrés hídrico para la vegetación, que se seca por el proceso de evapotranspiración, en el que las plantas ceden su humedad a la atmósfera cercana.
Un ejemplo cotidiano: tender la colada en un día caluroso con sol y temperatura elevada hace que la ropa se seque mucho más rápido que en un día frío o nublado. Esto se debe a que el calor aumenta la evaporación del agua en la ropa. Lo mismo ocurre con las plantas, que ‘sudan’ a través de un proceso llamado evapotranspiración, que incluye tanto la evaporación del agua del suelo como la transpiración del agua por las hojas.
Con una temperatura mayor, el calor ‘empuja’ el agua a salir más rápido de las hojas al ambiente, igual que ocurre al sacar agua de una prenda mojada. Como resultado, la planta pierde agua más rápidamente y necesita absorber más del suelo para no deshidratarse.
Así, parece que hay una vinculación entre la sequía a muy corto plazo y la generación de grandes masas forestales que actúan como combustible disponible para la propagación e intensificación de los incendios. No se observa sequía a largo plazo en el interior de Galicia o noroeste de Castilla y León, pero si se tiene en cuenta el índice de sequía en periodos cortos (1 o 3 meses), que además de las lluvias valora la evapotranspiración, se extrae una acusada sequía en la zona concreta de los incendios, siendo de las peores zonas de todo el territorio, solo igualadas en Cádiz y Almería.
Además, la situación previa a la sequía flash podría estar exacerbando sus efectos en la vegetación. Justo antes hubo un periodo muy lluvioso (abril muy húmedo y mayo húmedo). De esta manera, la situación atendería al concepto de hydroclimate whiplash o latigazo hidroclimático, referido a bruscos cambios entre tiempo muy lluvioso y seco, que han aumentado su frecuencia en los últimos años.
La detección temprana y el monitoreo son fundamentales para gestionar estos eventos. El uso de tecnologías satelitales, modelos climáticos y datos meteorológicos en tiempo real permiten identificar rápidamente las condiciones que podrían dar lugar a una ‘Flash Drought’.
