La cabra montés es una especie notablemente gregaria, que se agrupa en grandes rebaños a lo largo del año, aunque, curiosamente, durante la mayor parte de este tiempo, los machos se mantienen separados de las hembras. Esta conducta ha suscitado diversas explicaciones, siendo la más aceptada la necesidad de evitar competencia por alimento entre los grupos de machos y las hembras con sus crías.
Entre noviembre y enero, los machos de cabra montés participan en enfrentamientos violentos cuyo objetivo final es asegurar la reproducción y la supervivencia de la especie.
El celo de la cabra montés y su importancia biológica y evolutiva
A diferencia de los sonidos guturales de la berrea del ciervo, el celo de la cabra montés, que se puede apreciar en zonas montañosas de la península ibérica entre noviembre y enero, se identifica por el fuerte estruendo de los choques entre las cornamentas de machos rivales. El ganador de esta violenta danza no solo establece una jerarquía dentro del grupo, sino que también gana el derecho a cortejar a las hembras y, en última instancia, a aparearse.
La corta y definida estación de celo varía en función de la temperatura, la luz y la latitud del territorio, pero, en todo caso, es crucial que el nacimiento de las crías coincida con la primavera, periodo en el cual hay más alimento disponible en el ecosistema de la cabra montés. Esta estrategia no es exclusiva de la cabra montés; la mayoría de los animales hacen un cálculo similar, considerando los altos costos energéticos de la gestación y reproducción. De hecho, el celo constante en los seres humanos, que es compartido con otros primates, no es habitual en la mayoría de las especies animales.
Luchas entre machos y jerarquía reproductiva
El número de ejemplares de cabra montés ha fluctuado a lo largo de la historia. Las restricciones a la caza impuestas durante el reinado de Alfonso XII y la adaptabilidad de la especie provocaron un aumento significativo en su población a principios del siglo XX. Sin embargo, el hambre durante la última guerra civil española ocasionó un descenso notable de ungulados, incluidos los de esta especie.
Como resultado, la cabra montés se redujo a solo dos poblaciones: una en la Sierra de Gredos y otra en las cordilleras mediterráneas. A finales del siglo XX, esta especie estuvo en peligro crítico de extinción, lo que motivó varios intentos de reintroducción. Lamentablemente, una subespecie conocida como el bucardo se extinguió en el área pirenaica en el año 2000, y aunque se intentó clonarlo en 2003, fue imposible devolverlo a la vida.
Sin embargo, la repoblación que comenzó en 2014 ha tenido mejores resultados, logrando estabilizar grupos de animales con un número suficiente de individuos para que la especie se autogenere.
Recuperación, reintroducción y riesgos de sobrepoblación
A pesar de los éxitos en la reintroducción, uno de los riesgos es la sobrepoblación, que puede resultar en la destrucción de flora endémica, afectar las relaciones con otras especies y aumentar la transmisión de enfermedades, como la sarna, que puede contagiarse incluso entre ganado doméstico de manera horizontal y bilateral.
Un caso representativo se encuentra en la Sierra de Guadarrama (Madrid), donde en 2019 se registró una población cercana a 5.600 ejemplares. Actualmente «sigue habiendo un exceso de cabras, pero la situación es mucho mejor». La gestión de este exceso se realiza principalmente a través de la caza y la translocación de ejemplares a otros territorios, siendo esta última fundamental en los parques nacionales donde la caza está prohibida.
El furtivismo, un fenómeno que afecta a la cabra montés, ha llevado a que en el pasado se pudieran observar ejemplares de hasta 12 o 14 años, mientras que hoy en día no se encuentran individuos mayores de 8 años.
Según el profesor Pablo Refoyo, especialista de la Universidad Complutense de Madrid, una vez que el ecosistema está estable, la naturaleza se autorregula, lo que elimina la necesidad de intervenciones adicionales. Sin embargo, la realidad es que, en la actualidad, gran parte del planeta no se encuentra en condiciones normales debido al deterioro ambiental.
La falta de espacios adecuados impide la migración natural de los individuos, convirtiendo las áreas protegidas en lugares cerrados, con una presión enorme, donde se requiere intervención humana. Por ello, son necesarias políticas que fomenten la coexistencia entre todas las especies; de lo contrario, la regulación interna será a largo plazo y podría llevar a la extinción de algunas especies.
La presencia de la cabra montés también tiene efectos positivos en su ecosistema. Al ser diseminadores de semillas, contribuyen al enriquecimiento del entorno, aumentan la biodiversidad y ayudan en la regeneración de bosques y otros ecosistemas.
