Una nueva musaraña de tres gramos se suma a los mamíferos más pequeños del planeta. Un equipo internacional describe en las tierras altas de Etiopía la especie Crocidura stanleyi tras diez años de trabajo de campo y análisis genéticos.
Esta musaraña, que pesa lo mismo que un terrón de azúcar y cabe en la palma de una mano, ha sido oficialmente incorporada al catálogo de los mamíferos más pequeños conocidos. Descrita como Crocidura stanleyi, el animal fue capturado por primera vez en 2015 en las tierras altas de Etiopía. Su reconocimiento formal como especie ha llegado tras una década de trabajo de campo y comparación genética con otras musarañas. Con apenas tres gramos de peso y unos cinco centímetros de longitud, este hallazgo recuerda que incluso los ecosistemas más estudiados aún guardan sorpresas.
Yonas Meheretu, investigador de la Universidad Sueca de Ciencias Agrícolas (SLU), rememora: “Supe inmediatamente que era algo especial” cuando uno de los ejemplares cayó en las trampas de captura. Evan Craig, autor principal del estudio y doctor por la Universidad de Massachusetts Boston, explica que este momento resume la esencia de su oficio: “Fue uno de esos momentos en los que piensas que es emocionante ser biólogo. Seguimos viviendo en una época en la que todavía podemos descubrir especies, la unidad más básica de la biodiversidad”.
La musaraña Crocidura stanleyi fue nombrada en homenaje a Bill Stanley, un mastozoólogo cuyo trabajo previo sobre musarañas africanas permitió identificar las claves morfológicas necesarias para separar esta población del resto de sus parientes. Los investigadores destacan que esta dedicatoria fue “una elección obvia” y un reconocimiento a una trayectoria que ha ido construyendo, pieza a pieza, el rompecabezas de los pequeños mamíferos del continente.
Esta nueva especie presenta un cuerpo de alrededor de cinco centímetros, junto con una cola que ronda los tres. Los científicos describen su cabeza como ligeramente aplanada y señalan que la cola es corta y recubierta de pelo denso. Estos rasgos, junto con detalles del cráneo y de la dentición, la diferencian de otras musarañas que comparten hábitat. A pesar de su tamaño diminuto, se trata de un depredador voraz de insectos, lombrices y otros invertebrados, desempeñando así un papel crucial en la cadena trófica de los pastizales de alta montaña. Sin embargo, el estudio aún no proporciona detalles sobre su población ni su grado de amenaza, lo que deja en incertidumbre si es una especie relativamente común o un endemismo muy localizado.
Las tierras altas etíopes se han consolidado como un laboratorio natural de especies únicas. Con altitudes que superan los 4.000 metros en zonas como el macizo de Bale, conocido como el techo de África, allí habitan el lobo etíope, considerado el cánido más raro del mundo, y el gelada, un primate exclusivo de los escarpes montañosos del país. A esta lista se suman pequeños mamíferos menos conocidos, incluidos roedores, murciélagos y otras musarañas. Meheretu afirma: “Documentar especies como esta es crucial para entender la biodiversidad de las tierras altas de Etiopía y cómo se han adaptado a entornos tan extremos”. Además, resalta que también ayuda a comprender sus funciones ecológicas y a diseñar estrategias de conservación más efectivas.
Sobre este escenario biológico, se superpone uno de los grandes procesos geológicos en marcha en el planeta. El Gran Valle del Rift recorre buena parte de África Oriental, atravesando países como Kenia y Tanzania. Este enorme sistema de fallas está dividiendo la placa africana en dos bloques tectónicos. Christopher Scholz, geofísico de la Universidad de Syracuse, describe el Rift como “un asiento en primera fila para ver cómo los continentes se rompen y los océanos nacen”. La geóloga Lucía Pérez Díaz, en un artículo en la revista científica The Conversation, advierte que cuando se complete la fractura, comenzará a formarse un nuevo océano, y en decenas de millones de años, el lecho marino avanzará a lo largo de toda la grieta hasta inundarla, lo que resultaría en una gran isla en el océano Índico formada por partes de Etiopía y Somalia, incluido el Cuerno de África.
Este paisaje en lenta transformación crea mesetas, valles colgados y barrancos, generando microclimas y hábitats muy diferenciados en distancias cortas. En estos mosaicos ambientales prosperan especies especializadas como la nueva musaraña. Para los investigadores, cada descripción taxonómica proporciona información sobre cómo la vida responde a cambios profundos en el relieve, el clima y la disponibilidad de recursos.
El descubrimiento de Crocidura stanleyi también se inscribe en un debate más amplio sobre cuánto queda por conocer de la biodiversidad del planeta. Miguel Lizana, profesor de Zoología en la Universidad de Salamanca, y José Luis Viejo, catedrático de la misma disciplina en la Universidad Autónoma de Madrid, señalan que en la Tierra podrían existir entre 3,6 y 100 millones de especies. Esta variabilidad ilustra la magnitud de la incógnita. En España, se estima que hay 1.730 especies vertebradas, incluidas 35 de anfibios, 69 de peces continentales, 87 de reptiles, 158 de mamíferos y 521 de aves. Incluso en un territorio relativamente bien estudiado, esas cifras siguen creciendo a medida que se desarrollan técnicas de muestreo más precisas y se revisa la taxonomía tradicional.
Craig concluye que “este descubrimiento demuestra el valor del trabajo de campo a largo plazo y de la colaboración internacional. Sin la constancia del equipo y sin los avances en genética, esta especie podría haber pasado desapercibida”. La primera captura se produjo en 2015 y la confirmación de la especie ha llegado en 2025, diez años después, cuando los investigadores han reunido suficiente material para comparar con otras musarañas y respaldar sus conclusiones.
Los especialistas advierten que cada nueva especie descrita en regiones de alta montaña plantea una carrera contra el tiempo. El calentamiento global, la expansión de la agricultura y la presión sobre los ecosistemas de alta altitud podrían alterar en pocas décadas hábitats que han permanecido relativamente estables durante miles de años. Sin datos fundamentales sobre la distribución y las poblaciones, resulta imposible evaluar los riesgos y priorizar medidas de protección. Crocidura stanleyi, un mamífero diminuto con cabeza aplanada y cola peluda, simboliza esta doble evidencia científica. Por un lado, confirma que aún quedan muchas piezas por encajar en el inventario de la vida. Por otro lado, recuerda que algunas de estas podrían desaparecer antes de que sepamos siquiera que existían.
El estudio ha sido publicado en SLU y enlaza al artículo científico en el que se describe la especie.
