Tim Andrew vivió nueve meses con un riñón de cerdo genéticamente modificado, hasta que hubo que extirparlo. También era de ese animal el primer hígado no humano trasplantado a una persona, aunque el paciente acabó falleciendo. La investigación en xenotrasplantes ha comenzado una nueva etapa, liderada por Estados Unidos y China.
La escasez de órganos humanos ha llevado a la ciencia a indagar sobre la viabilidad de los de cerdo. Esta investigación ha dado pasos importantes, especialmente en el último año, cuando Estados Unidos autorizó los primeros ensayos clínicos, aunque aún queda un largo camino por recorrer.
El nuevo impulso empezó hace aproximadamente cuatro años, especialmente gracias a la técnica de edición genética CRISPR, que permite realizar modificaciones en los cerdos «con suma facilidad, en comparación con lo que era antes», afirma Rafael Matesanz, fundador de la Organización Nacional de Trasplantes (ONT).
En 2021 comenzaron los xenotrasplantes de riñones de cerdos modificados genéticamente a personas en muerte cerebral y, en 2022, se realizó el primero a un receptor vivo, un corazón, aunque el paciente falleció a los dos meses. Durante el año recién concluido, «se han dado pasos muy importantes en pro de conseguir la gran panacea: órganos procedentes de cerdos que sirvan realmente para trasplantes», agrega Matesanz.
Ensayos clínicos
El último trasplante fue realizado en 2024 por un equipo del hospital Langone Health, de la Universidad de Nueva York, dirigido por Robert Montgomery. Este especialista destacó que la Administración de Alimentos y Medicamentos de EE.UU. (FDA) también autorizó, en 2025, los primeros ensayos clínicos con riñones.
Desde el primer xenotrasplante de riñón de cerdo editado genéticamente a una persona en muerte cerebral, que se realizó en la NYU Langone en 2021, hasta la primera inscripción de un paciente en un ensayo clínico «ha sido extremadamente rápido». Esta autorización, según Montgomery, era lo que se necesitaba para «que el xenotrasplante se convierta en la corriente principal del tratamiento de la enfermedad renal crónica».
Los ensayos para la aprobación definitiva «tardarán unos años en completarse y, si los resultados demuestran seguridad y eficacia, el xenotrasplante (de riñón) se generalizará de inmediato». Además, la FDA autorizó, en 2025, otro ensayo para el xenotrasplante de hígado, que no será una terapia definitiva, sino un puente hasta obtener un órgano humano, añade Matesanz.
Los ensayos clínicos «lo cambian todo», ya que se pasa de un uso para casos específicos a algo más estructurado. Se compararán datos para ver si las tasas de supervivencia son razonables y «se tardará, al menos, un par de años en valorar si merece la pena seguir».
Una carrera tecnológica
Tanto el primer xenotrasplante de un hígado de cerdo genéticamente modificado a un vivo, como el de pulmón en una persona en muerte cerebral, que se mantuvo estable y funcional durante nueve días, fueron realizados por investigadores chinos. Actualmente, Estados Unidos y China protagonizan los últimos avances en este campo y Matesanz considera que «en estos momentos hay, por así decirlo, una carrera tecnológica» entre ambos países.
Montgomery aclara que «lo difícil no es colocar el órgano, sino generar los animales con las mutaciones genéticas adecuadas» para evitar el rechazo y enfermedades. El rechazo es, de lejos, el mayor obstáculo, y «se trata de dar con el puzle genético para que ese órgano sea tolerado».
En Estados Unidos, existen empresas como Revivicor (United Therapeutics) y eGenesis, mientras que en China al menos otras dos están dedicadas a crear cerdos transgénicos, que pueden tener desde más de 60 mutaciones hasta solo tres. «Hay que ver quién da con la fórmula perfecta», señala Matesanz.
La batalla por el riñón
Hasta el momento, los grandes avances se han dado en xenotransplante de riñón, un órgano que ha demostrado ser capaz «de realizar todas las funciones fundamentales durante largos períodos de tiempo», resalta Montgomery. Este órgano es, «con diferencia», el que más trasplantes recibe entre humanos, lo que implica que disponer de una fuente alternativa de riñones tendría un impacto enorme.
Matesanz señala que «donde se está jugando la gran batalla es en el riñón», un órgano para el cual «las demandas mundiales son enormes y donde las compañías, que al fin y al cabo son privadas, persiguen la rentabilidad de las inversiones multimillonarias que han hecho».
Sin embargo, el «gran asunto» es la supervivencia. Con un xenotrasplante, esta se estima en meses; por el contrario, un riñón de un humano vivo tiene una supervivencia media de 19 años y 11,7 años para uno de cadáver, considerando que puede repetirse. La diálisis tiene una duración de cinco a diez años.
Preguntas abiertas
Los xenotrasplantes presentan, «desde el punto de vista ético, muchas aristas», y Matesanz considera que el foco debe estar en la supervivencia, sobre todo con el riñón, que no es un órgano vital dadas las otras opciones actuales.
Si los xenotrasplantes funcionan, ambas fuentes tendrían que convivir durante un tiempo o indefinidamente, lo que plantea cuestiones sobre quién decidirá quién obtendrá un órgano animal o humano, así como la posibilidad de que nazcan órganos «de primera y de segunda». ¿Se otorgarán por orden de llegada a la lista o por características clínicas? Esto daría lugar a cambios en los criterios de distribución.
Aún no está claro si la fabricación de órganos impactará en la donación. Además, tendríamos que considerar implicaciones legales, dado que esos riñones tendrían, según la legislación actual, las mismas consideraciones que un medicamento, al no ser un órgano humano.
Matesanz concluye que los nuevos desarrollos en xenotrasplantes son «un avance, sin duda espectacular, que plantea una serie de circunstancias nuevas que habrá que ir afrontando».
