El Centro Nacional de Investigación Atmosférica (NCAR) ha funcionado desde 1960, concentrando capacidad de modelización atmosférica, observación y desarrollo tecnológico, utilizado tanto en investigación como en la cadena de decisiones públicas y privadas. Este centro, que emplea a unos 830 trabajadores, está en el centro de la controversia por su posible desmantelamiento.
Reacciones ante el posible desmantelamiento del NCAR
La reacción en Colorado fue inmediata. El gobernador Jared Polis advirtió que “la seguridad pública está en riesgo” y calificó el golpe como un ataque a la ciencia, con repercusiones negativas para la respuesta ante incendios e inundaciones. En el ámbito federal, los senadores demócratas John Hickenlooper y Michael Bennet anunciaron maniobras para bloquear un paquete de financiación en protesta por el plan, argumentando que este conlleva riesgos directos para un recurso nacional clave.
La University Corporation for Atmospheric Research (UCAR), el consorcio que gestiona el centro, sostiene que su desmantelamiento debilitará la capacidad del país para prever y responder a desastres y fenómenos severos.
El valor práctico de la investigación meteorológica
La discusión no es solo científica, sino también operativa. Parte de la comunidad meteorológica teme que la fragmentación del NCAR rompa equipos, series de datos y cadenas de desarrollo, que han tardado años en consolidarse. La objeción principal es que la predicción meteorológica moderna se basa en una arquitectura compleja que incluye observaciones, supercomputación y mejora continua de modelos, donde cualquier cambio institucional podría provocar pérdidas de eficiencia justo cuando los eventos extremos adquieren mayor relevancia social y económica.
Un ejemplo frecuente que citan los defensores del NCAR es el de las sondas atmosféricas lanzadas en y alrededor de huracanes (dropsondes) y su ayuda para mejorar el pronóstico de trayectoria en la ventana crítica de 48 horas. Estos avances, aunque técnicos, se traducen en decisiones concretas, como evacuaciones y posicionamiento de recursos, lo que potencialmente salva vidas y evita daños.
La dimensión política de la ciencia del clima
La administración justifica el desmantelamiento del NCAR con un argumento ideológico. En su comunicación pública, el director de la Oficina de Administración y Presupuesto, Russell Vought, critica programas que considera “derrochadores” o sondeos ligados a políticas de diversidad y a la investigación en energías renovables. En contraposición, se destaca que la frontera entre “clima” y “tiempo” es más porosa de lo que sugiere el debate político. En la práctica, la mejora de modelos atmosféricos y la comprensión de tendencias a largo plazo se retroalimentan mutuamente.
Esta tensión también se refleja en el debate presupuestario. El NCAR se enfrenta a un contexto financiero complicado, con ajustes de personal anticipados en el sistema científico debido a recortes. Además, hay alertas recurrentes sobre el debilitamiento de la capacidad pública para sostener servicios esenciales de previsión y gestión de riesgos.
Es importante recordar que el recorte o la reorganización de la meteorología pública ya era un tema de discusión en medios especializados. Se han advertido impactos potenciales sobre la NOAA (Administración Nacional Oceánica y Atmosférica) y su operatividad, así como efectos negativos en la preparación frente a huracanes. Además, hay un vínculo entre las políticas de recorte en EE.UU. y las consecuencias en foros internacionales, como la Cumbre del Océano de Niza de 2025. Por otro lado, la carrera por nuevos modelos de predicción, incluida la inteligencia artificial, se ha presentado como un frente estratégico que no elimina la dependencia de infraestructuras y datos públicos de calidad.
Incertidumbres y futuro del NCAR
El anuncio de desmantelamiento deja incógnitas relevantes. No está claro qué organismo absorberá las “actividades vitales”, cómo se garantizará la continuidad de los equipos y proyectos, ni qué ocurrirá con las instalaciones, plataformas de cálculo y programas de observación. La nota de la National Science Foundation (NSF) sugiere opciones de transferencia y rediseño de alcance, pero no aclara el mapa final ni el costo del tránsito.
En lo inmediato, la presión política en Colorado anticipa un pulso presupuestario y legal, mientras parte de la comunidad científica teme una fuga de talento y una posible pérdida de liderazgo internacional. La pregunta que queda en el aire es si Estados Unidos podrá separar la predicción meteorológica del debate climático sin sacrificar su capacidad operativa, especialmente cuando la exposición a incendios, inundaciones y tormentas extremas sigue en aumento.
