El escultor Paul Gómez sostiene una obra elaborada en madera rústica, en Managua (Nicaragua). Este joven artesano ha convertido lo que empezó como un simple pasatiempo en una forma de vida: crear esculturas que unen arte, memoria y conciencia ambiental.
San José (EFE).- De los trozos de madera que el mar deposita en las playas, el nicaragüense Paul Gómez extrae historias y figuras. Su vínculo con el océano tiene raíces familiares; de niño acompañaba a su abuela, también artesana, en largas caminatas por las playas. Ella recogía conchas, caracoles y objetos que luego se convertían en adornos. De esas experiencias nació su mirada atenta hacia lo que el mar desechaba.
Cuando su abuela murió en 2021, Paul decidió esparcir sus cenizas en el mar. Desde entonces, cada obra que crea es también un homenaje a ella.
Arte y conciencia ambiental
Este artesano de la madera comenzó hace unos seis años con lo que en ese tiempo era un pasatiempo, y a partir de esa experiencia creció su interés en ese arte, con piezas que en principio eran decorativas para su casa.
La materia prima de Paul no proviene de talas recientes ni de aserraderos. Su trabajo comienza en las playas de Nicaragua, donde el mar deposita troncos, ramas y tablas moldeadas por la sal y el tiempo.
“La idea es recoger este material que nos lo da la propia naturaleza”, explica.
El proceso de elaboración es paciente y exigente. Primero selecciona el fragmento de madera que servirá de base, luego lo corta, lo pule y empieza a darle forma. El lijado, confiesa, es la parte más ardua. Una vez lista la estructura, añade detalles con otros materiales reciclados como metal, plástico, piedras, cuerdas o espejos. El resultado: piezas únicas que oscilan entre lo “abstracto y lo funcional”, afirma.
El nacimiento de «Palo Santo»
Hace unos meses, Paul decidió dar un paso más y abrió “Palo Santo”, su propia tienda estudio en Managua. Allí exhibe y comercializa sus piezas, cuyos precios van desde 50 hasta 500 dólares. Desde que inició este camino, ha elaborado entre 50 y 70 piezas, de las cuales más de la mitad ya se encuentran en nuevos hogares. Varias incluso han viajado fuera del país, rumbo a Estados Unidos, México y Francia.
“Antes veía esto como un hobby, ahora lo asumo como un lenguaje, como mi manera de expresarme”, afirma Paul, quien trabaja en cada pieza durante días con esmero, paciencia y dedicación. Por eso mismo, su arte, poco a poco, ha ido conquistando espacios y miradas, al punto de que el próximo noviembre presentará una exposición en una galería reconocida de Nicaragua con parte de su producción más reciente.
Los sueños y retos de Paul Gómez como artesano
A pesar de su crecimiento, Paul todavía enfrenta limitaciones. Su taller es improvisado y comparte espacio con su hogar. Uno de sus grandes proyectos es levantar un taller formal que le permita trabajar con mayor comodidad.
Más que vender esculturas, su sueño es que cada pieza lleve consigo un mensaje claro: la importancia de cuidar el medioambiente y valorar la herencia cultural.
Las esculturas de Paul Gómez no son simples objetos decorativos. Son fragmentos de vida convertidos en madera tallada: la fuerza del océano, la memoria de su abuela y la necesidad de preservar el entorno. Su trabajo es testimonio de que, incluso en lo que parece desecho, pueden nacer belleza, historia y sustento.
