MADRID, 15 Sep. (EDIZIONES) – Cuando un niño de 3 o 4 años inventa que tiene un perro o asegura que no ha comido chocolate cuando lo has visto hacerlo, no significa que sea un mentiroso. En realidad, se trata de una fase clave en su desarrollo cerebral: está aprendiendo a distinguir entre realidad y fantasía, a usar la imaginación y a comprender que los demás tienen pensamientos distintos a los suyos.
Así, los expertos aseguran que estas primeras «mentiras» son un signo positivo de maduración, siempre que los padres sepan cómo reaccionar y convertirlas en una oportunidad educativa.
De hecho, el catedrático de Psicobiología en la Universidad de Murcia, José María Martínez Selva, un estudioso de la mentira desde hace años y autor de varios libros sobre la materia, nos concede a Infosalus una entrevista a raíz de la publicación de su último libro ‘La nueva ciencia de la mentira’ (Paidós).
En esta conversación, nos confiesa algo que inquieta a muchos padres: los menores mienten «casi por las mismas razones que los adultos», aunque hay varios aspectos a tener en cuenta sobre la mentira de los más pequeños.
Las primeras mentiras: a partir de los 2 años
Martínez Selva subraya que las mentiras en los menores empiezan a aparecer entre los 2 y los 4 años. Las primeras mentiras suelen ser de protección, ya que quieren evitar castigos o no enfadar a los cuidadores. «Lo que ocurre es que con el tiempo las mentiras que al principio son simples y que se pueden detectar fácilmente…», avisa. Conforme los niños adquieren más habilidades de comunicación y capacidades mentales y emocionales, estos engaños se vuelven más complejos.
Además, sostiene que los niños «mienten mucho» entre los 5 y los 8 años, pero en cuanto los demás detectan estas mentiras, llevan más cuidado al hacerlo. Con el tiempo aprenden a encontrar otras maneras de conseguir cosas sin recurrir al engaño. «Es cierto que la mentira revela hasta cierto punto en qué punto de desarrollo está el menor», afirma.
Posteriormente, hay mentiras que tardan más en aparecer, como aquellas que se utilizan para no hacer daño a otros o proteger a un compañero o hermano. Estas son denominadas mentiras altruistas y requieren un mayor neurodesarrollo del menor para llevarlas a cabo.
La mentira en la infancia: una señal de desarrollo
«El tipo de mentira nos dice cómo son las habilidades sociales del niño y vemos que se vuelven más complejas, incluso en la adolescencia o preadolescencia, llegando a ser similares a las de los adultos», indica Martínez Selva. A medida que los niños maduran, adquieren competencias que les permiten engañar mejor.
La psicóloga Diana Jiménez, autora de ‘Disciplina positiva’ (Grijalbo), también coincide en que no es lo mismo mentir a los tres años que a los 10 o a los 15. «Muchos padres se hacen la pregunta equivocada: ‘¿Por qué mienten los niños?’. La respuesta más frecuente es que los niños mienten para evitar consecuencias. Presienten que decir la verdad podría ser ‘peor’ y, por eso, inventan algo».
Sin embargo, zanja esta cuestión asegurando que «las mentiras infantiles no tienen la misma intencionalidad que las de los adultos», puesto que el cerebro de los menores aún no está completamente desarrollado. Muchas veces, sus mentiras son tan inocentes que resultan casi cómicas: «¿Quién no ha escuchado a un niño con la cara llena de chocolate decir: ‘¡No me he comido nada!’?»
Jiménez destaca que cuando los niños son muy pequeños, entre los 3 y los 4 años, suelen ser francos y les gusta la verdad. «A esa edad, les resulta difícil ocultar lo que hacen. Pero conforme su cerebro madura, empiezan a diferenciar entre realidad y fantasía. Este momento en el que mezclan imaginación y verdad es una señal positiva: están desarrollando su función ejecutiva y su comprensión de que los demás tienen pensamientos distintos a los suyos».
Pongamos el ejemplo de un niño de 4 años que puede decir a sus amigos que tiene un perro aunque no lo tenga. «No se trata de engañar con intención, sino de explorar la ficción y la creatividad. En cambio, la mentira adulta es más elaborada y consciente, y aparece cuando ya hay una intención clara de manipular o evitar consecuencias», advierte Jiménez.
Cómo reaccionar cuando nuestros hijos mienten
Jiménez también ofrece una serie de consejos si nos damos cuenta de que nuestros hijos nos están mintiendo, destacando que lo primero que debemos tener claro es que no es malo que los niños mientan. De hecho, es una señal de que su cerebro está aprendiendo a manejar información compleja.
La clave, según la psicóloga, está en cómo los adultos respondemos a las mentiras de los menores, proponiendo las siguientes pautas:
- Evitar preguntas que puedan inducir a la mentira. Por ejemplo, si has visto que tu hijo ha comido chocolate sin permiso, no le preguntes de manera acusatoria: ‘¿Has comido chocolate?’. Mejor, utiliza un enfoque más comprensivo: ‘Veo que te has comido chocolate. No pasa nada, mañana me pides y mamá te dará chocolate cuando corresponda’. Así, se transmite que decir la verdad no tiene consecuencias negativas.
- Valorar la sinceridad cuando aparece. Si tu hijo miente y luego confiesa, agradéceselo. Esto refuerza que la honestidad es positiva y disminuye el miedo a confesar errores. No pongas el foco en la mentira.
- Evita llamar ‘mentirosos’ a los niños. En lugar de ello, utiliza su imaginación como herramienta educativa. Por ejemplo, si dice que tiene una piscina en casa, puedes guiar la conversación hacia la realidad: ‘No tenemos piscina, pero podemos pensar en otras maneras de divertirnos con agua’. Esto ayuda a que comprendan la diferencia entre fantasía y realidad sin recurrir al engaño.
- Controlar los estímulos que generan la necesidad de mentir. Si un niño ve galletas de chocolate al alcance, puede que mienta para conseguirlas. La solución no es regañar, sino regular la disponibilidad de los objetos y enseñarle a esperar y pedir las cosas de manera adecuada.
En definitiva, la mentira infantil es una parte natural del desarrollo. No es un problema moral, sino una etapa en la que el cerebro aprende a manejar la fantasía, la creatividad y la interacción social. La labor de los padres y educadores no es castigar, sino guiar, enseñar y reforzar la honestidad a través del respeto y la comprensión», concluye Jiménez.
