El aumento del dióxido de carbono en la atmósfera ha alimentado durante décadas una expectativa cómoda en los modelos climáticos y en parte del debate público: la idea de que los bosques crecerían más, almacenarían más carbono y actuarían como un freno natural al calentamiento global. Sin embargo, la realidad se presenta más compleja de lo esperado. Con el CO2 en aumento, algunas masas forestales aceleran su crecimiento, otras permanecen prácticamente inalteradas y algunas incluso muestran signos de debilitamiento. Un estudio liderado por Duke University y Wuhan University ofrece ahora una explicación a esta disparidad, señalando a un actor diminuto pero crucial: los estomas, que son poros microscópicos en las hojas.
El estudio, publicado en línea el 24 de noviembre de 2025 en Nature Climate Change, propone que la respuesta desigual en el crecimiento de los árboles se puede entender como un problema de optimización biológica. Las plantas buscan maximizar la ganancia de carbono sin comprometer su supervivencia hídrica. En este contexto, mejorar la eficiencia en el uso del agua no garantiza necesariamente un aumento en la productividad, ya que el «ahorro» de agua puede limitar la entrada neta de CO2 en las hojas, teniendo en cuenta también que los límites hidráulicos se agravan con la altura del árbol.
El dilema agua-carbono en una válvula microscópica
Para crecer adecuadamente, un árbol necesita abrir sus estomas y permitir la entrada de CO2. Sin embargo, estas mismas aberturas también permiten la salida de vapor de agua. Cuando el ambiente se torna más cálido y seco, la evaporación se intensifica, lo que lleva al árbol a cerrar parcialmente esos poros para evitar la deshidratación. Este proceso reduce, como efecto colateral, la capacidad del árbol para captar carbono. Así, se establece un intercambio directo: mayor seguridad hídrica con menos «combustible» para la fotosíntesis, lo que crea un dilema que no tiene una solución única aplicable a todos los ecosistemas.
El estudio también destaca que este compromiso se vuelve más delicado a medida que los árboles maduran. A medida que un árbol crece, el transporte de agua desde las raíces hasta la copa requiere mantener tensiones internas dentro de límites seguros. Al intentar forzar una transpiración elevada, se incrementa el riesgo de fallos hidráulicos, lo cual actúa como un freno al crecimiento, incluso en condiciones donde el CO2 disponible es mayor.
Dieciséis años de experimentos y una conclusión incómoda para las proyecciones
La investigación se respalda en datos provenientes de experimentos de larga duración realizados en Duke y ETH Zúrich. Estos experimentos están diseñados para observar cómo responden los árboles cuando se alteran condiciones climáticas clave (como mayores niveles de CO2 y cambios en la humedad), monitoreando variables como el crecimiento, el secuestro de carbono y la actividad estomática. En un comunicado de Duke, el ingeniero y ecohidrólogo Gaby Katul resume el cambio en el paradigma: más CO2 no necesariamente implica más crecimiento, defendiendo la importancia de analizar estos sistemas a través de enfoques ingenieriles.
El artículo científico formaliza esta idea mediante un «techo» teórico para el crecimiento esperado a partir de aumentos en la eficiencia hídrica y considera factores que a menudo se pasan por alto en el debate sobre el efecto de fertilización del CO2, como la sequedad en la atmósfera y diversas restricciones anatómicas y fisiológicas, incluida la altura de los árboles.
La implicación práctica se torna evidente. Si el crecimiento forestal en un contexto de creciente CO2 depende de cómo se gestione el equilibrio agua-carbono (así como de cambios en la temperatura, la humedad y el estrés hídrico), la capacidad de los bosques para absorber emisiones humanas está sujeta a más contingencias de lo que normalmente sugieren los mensajes simplificados. Esto afecta tanto a las proyecciones climáticas como a las políticas de mitigación que se basan en los sumideros naturales.
Qué cambia en el debate sobre soluciones basadas en la naturaleza
La tentación de traducir «plantar árboles» en sinónimo de compensación climática se arraiga, en parte, en la creencia de que un planeta con más CO2 impulsa a los bosques a capturar carbono de manera estable. Sin embargo, este modelo indica que tal estabilidad no está garantizada, especialmente en áreas donde la aridez aumenta o donde el estrés hídrico se convierte en un problema crónico. La interpretación no es que los bosques dejen de ser esenciales, sino que su rendimiento como tecnología climática depende de condiciones locales, como la disponibilidad de agua, el clima y el estado general del bosque, así como de límites fisiológicos que son difíciles de eludir con un enfoque único.
El contexto sigue marcado por un CO2 atmosférico en constante crecimiento. Los registros de la NOAA ofrecen series globales actualizadas que permiten un seguimiento preciso de esta trayectoria, así como de la presión que se ejerce sobre los ecosistemas terrestres.
