Los incendios forestales han evolucionado, y ahora enfrentamos una nueva categorización que pone de manifiesto el aumento de la gravedad y la complejidad de estos fenómenos. Según la definición de un incendio de quinta generación, se trata de fuegos grandes, rápidos y extremadamente intensos, que poseen múltiples y simultáneos focos de copas, afectando a zonas urbanas en épocas de olas de calor.
En un periodo muy corto, este tipo de incendio puede transformarse en un evento de sexta generación. Este nuevo tipo de fuego, anteriormente raro, ahora ha emergido con virulencia y capacidad destructiva sin precedentes.
Entre los ejemplos más recientes en España que corresponden a esta nueva clasificación se encuentran los incendios de Torrefeta y Florejacs en Lleida, ocurridos el pasado julio, cuya intensidad y rapidez hicieron que los equipos apenas pudieran intervenir directamente; el incendio de Sierra Bermeja en Málaga en septiembre de 2021; y el de Tenerife en agosto de 2023. A nivel internacional, los casos de Portugal (2017), Chile (2017), Australia (2020) y Canadá son ejemplos claros de esta nueva normalidad.
Incendios de Sexta Generación
El investigador Jordán ha declarado: «No me gusta ser alarmante, pero son algo parecido al apocalipsis». Los incendios de sexta generación no solo son extremadamente graves sino que alteran la estabilidad atmosférica y son capaces de generar tormentas de fuego, gracias a una atmósfera muy cálida y a bosques altamente estresados y disponibles para quemar.
El fuego se manifiesta de tal manera que se convierte en un evento impredecible, capaz de modificar el clima a su alrededor y saltar kilómetros en un momento. Esto se debe a que el fuego libera un intenso calor, capaz de generar vientos.
La corriente de aire ascendente es tan grande y potente que puede alterar la atmósfera a gran altitud. En estas condiciones, se forman nubes de tormenta (pirocumulonimbos) que pueden originar lluvia y rayos que impactan sobre la vegetación seca o el suelo, generando nuevos focos secundarios de manera aleatoria. Las pavesas, pequeñas partículas de vegetación en combustión, pueden ser transportadas por el viento a grandes distancias, volviendo inútiles a los cortafuegos.
Cuando se produce un megaincendio, ya no es posible apagarlo ni tiene sentido aumentar el número de medios o bomberos, que tampoco podrían acercarse. En ocasiones, el agua que lanzan aviones y helicópteros prácticamente no tiene efecto en un fuego tan intenso, porque se evapora antes de alcanzar el suelo.
Según Jordán, «lo único que se puede hacer es controlar el perímetro y evacuar a la población mientras se espera a que cambien las condiciones meteorológicas» o que el fuego se extinga por sí mismo. Esta situación es tan nueva y caótica que, actualmente, los científicos no pueden modelizar ni predecir la aparición o el comportamiento de estos incendios.
La Crisis Climática
Múltiples factores explican que el cambio climático esté en la raíz de esta nueva tipología de incendios: la mayor frecuencia de sequías, las numerosas y prolongadas olas de calor, y la acumulación de material leñoso seco en la vegetación natural son algunos de ellos.
Sin embargo, uno particularmente significativo es el aumento de las temperaturas, que se manifiesta “de manera palpable”, tal como atestigua que el año pasado fue el más caluroso de la Tierra desde que existen registros en 1850. Hace más de una década, una investigación demostró que el cambio climático provocado por el ser humano duplicaba la superficie forestal afectada por incendios, en comparación con la que se habría producido sin este fenómeno.
Según el experto, para abordar el impacto de los incendios que tradicionalmente son noticia en España año tras año, el principal esfuerzo debe concentrarse en la gestión activa del territorio y en un cambio profundo en las políticas de ordenación del paisaje y de los sistemas de extinción.
No debemos olvidar que el cambio climático es fundamental en el aumento de la gravedad de los incendios, que pueden llegar a ser de sexta magnitud, y que las olas de calor no ayudan en su extinción ni promueven su aparición. Para prevenir la recurrencia de incendios, la clave es la prevención, y es evidente que lo que se está haciendo al respecto no es suficiente.
