Irene Dalmases | Barcelona (EFE). Si en ‘Herencia’, finalista del Gouncourt, el escritor francovenezolano Miguel Bonnefoy indagaba en las generaciones francesas de la familia, ahora en ‘El sueño del jaguar’, galardonada con el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa y el Premio Femina 2024, descubre la mitología relacionada con sus abuelos venezolanos.
En una entrevista con EFE, Bonnefoy sostiene que todo el mundo tiene «una historia familiar asombrosa». Además, se muestra convencido de que «somos el resultado de las historias que nos contaron», y él las ha escuchado de todos los colores.
«Llegué a una edad», confiesa, «en la que tras oír lo que me contaba mi madre sobre sus progenitores pensé: si a ti te parece que dos y dos son cinco, pues, maravilloso».
En su nuevo título, adornado por el realismo mágico y traducido a una veintena de idiomas, se publica en España bajo los sellos Asteroide y Les Hores en catalán. Bonnefoy ha fabulado siempre que ha querido, partiendo de la realidad que vivieron sus abuelos maternos. Él, Antonio, era médico fundador de la primera universidad de Maracaibo, y ella, Ana María, la primera mujer médico del estado de Zulia y destacada activista social en Venezuela.
Todo el mundo tenía su «cuentecito» de Antonio y Ana María
Personajes muy populares en Maracaibo, se decía que todo el mundo tenía de ellos «su cuentecito», una narración que con el tiempo se va modificando. Escuchar sus relatos es como hablar de Aquiles, mientras mi abuela parece una figura de siete metros, que, con una sola mano, por su profesión de obstetra, ha parido a la mitad de la ciudad.
De Ana María se decía que, a pesar de venir de una familia muy humilde, era «tan elegante que cuando estaba en la sala de partos se dejaba puesto su collar de diamantes y un solitario».
Antonio, por su parte, fue un niño huérfano, con una madre que falleció durante el parto y un padre marino que lo dejó en la casa de la señora Teresa, una conocida de una conocida, a los tres o cuatro días de nacer. Antonio «tuvo una vida dickensiana, llena de rufianes y ladrones, cazando iguanas y pescando en el lago de Maracaibo», como se relata en el libro, hasta que su suerte cambió de repente.
Dejarse llevar por la mitología
A la hora de armar este artefacto literario, Bonnefoy se dejó llevar «conscientemente por toda esta mitología, diciéndome, qué rico, ya el libro está escrito».
Ahondando en la vida de su abuela, explica que fue criada en una situación vulnerable, con una madre que «medio desapareció», marcada por la «tenacidad y la perseverancia».
«Terminó estudiando en la universidad y siendo la única mujer de su promoción. Tenemos una foto heroica en la familia, donde se ve a Ana María en medio de una promoción de 120 hombres. Cuando regresó a Maracaibo, en un sector históricamente masculino, todas las mujeres del lugar querían ser examinadas por ella», explica Bonnefoy.
Al mismo tiempo, recuerda que nunca la vio en la cocina o haciendo mermelada o contándole un cuento.
«Mis abuelos», continúa, «fueron personas muy inspiradoras, sin duda, aunque no creo que fueran unos padres muy presentes; también es verdad que eran de otra época. Nos dejaron una herencia buena y otra mala, una sensación de perseverancia y abnegación, de querer ser siempre los primeros, de ser el jaguar de la camada de gatos».
Sin embargo, el peso de sus logros fue «cargado» en los hombros de su madre y su tía, lo que supuso una «presión familiar inmensa» para ellas.
Bonnefoy considera que escribir esta novela le ha permitido «formular» estas experiencias y «cristalizarlas».
Preguntado por nuevos proyectos, el escritor, que desde hace tres años reside en el sur de Francia junto al mar con su esposa danesa y sus dos hijas, avanza que en este momento trabaja en algo que aún no tiene forma, «fascinado por la figura del hombre semental».
