Abbie Jane, de 16 años, creadora del proyecto Rainbow Shoelace en apoyo a la comunidad LGTBIQ+, ha encontrado en las redes sociales un refugio ante la homofobia que afirma sufrir en su instituto en el interior de Australia. La nueva ley australiana que prohibirá el acceso a redes a menores de 16 años, ya implementada por Meta, no considera que protegerá a los adolescentes, sino que los aislará y les dejará sin apoyo.
La Controversia de la Nueva Normativa
“Pienso en los jóvenes que sufren acoso en la escuela y luego llegan a casa y sus padres tampoco los apoyan. Para muchos, el único lugar donde encuentran algo de seguridad es Internet”, afirma Jane, quien podrá seguir teniendo acceso a redes. Esta normativa, que entrará en vigor en Australia a partir del 10 de diciembre, ha sido defendida por las autoridades del país como una forma de proteger a los menores del ciberacoso y la exposición a contenido y algoritmos nocivos.
Ley Pionera en Australia
Jane, originaria de Broken Hill, una pequeña ciudad minera con aproximadamente 17.000 habitantes, explica que sufrió acoso de manera continua en su entorno escolar y social por pertenecer al colectivo LGTBIQ+. Las redes sociales se convirtieron en su principal espacio de desahogo. Esta experiencia la llevó a crear el «Proyecto Rainbow Shoelace», que reparte adornos con los colores del orgullo a adolescentes de Australia y otros países, y que ya ha distribuido más de 350.000 paquetes.
“Sin el proyecto, sin las redes, sin esa válvula de escape para mi rabia y tristeza, no sé si habría sobrevivido”, admite Jane.
A partir de mañana, Australia implementará una normativa que obligará a las redes sociales, incluyendo Meta, TikTok, Snapchat y YouTube, a establecer controles que impidan el acceso de menores de 16 años, bajo pena de multas que alcanzan hasta 32,5 millones de dólares (aproximadamente 30,7 millones de euros).
Disparidad de Opiniones
La iniciativa ha generado reacciones mixtas. Mientras algunas asociaciones de padres y parte de la clase política la ven como un mecanismo para proteger a los menores de la sobrecarga de contenidos huidizos en las redes, otros la consideran excesiva y peligrosa, pues expone a los jóvenes a otros riesgos.
En Sídney, Hadiya Fatima, de 17 años y vicepresidenta del consejo estudiantil del ministerio de Educación de Nueva Gales del Sur, también obtuvo experiencias más allá del entretenimiento al descargarse Instagram a los 14 años. “En el colegio casi no hay espacio para hablar de democracia, justicia climática o violencia de género. En redes, jóvenes enseñan a otros jóvenes. No solo aprendí qué es la política: aprendí cómo participar en ella”, explica Hadiya.
Originaria de Pakistán, Hadiya perfeccionó su inglés viendo videos en YouTube y describe las redes como “una esfera pública paralela”, crucial para chicas, jóvenes en zonas rurales y estudiantes LGTBIQ+. “Si cierras ese espacio, no solo recortas acceso a plataformas: recortas acceso al poder”, advierte.
En Melbourne, Ivy Sheng, que tampoco pretendía ser activista al abrir sus cuentas a los 13 años, señala: “Solo quería compartir lo que iba aprendiendo en el movimiento climático”. Hoy, a los 16 años, combina su trabajo en la Coalición Juvenil Australiana por el Clima con «Taught, Not Told» (Enseñado, No Contado), un pódcast que conecta generaciones mediante historias personales. “Lo bonito de Instagram es que no se queda en mi barrio: te conecta con gente de todo el país preocupada por la crisis climática”, añade Ivy.
Miedo a Perder Comunidad y Voz
Las experiencias de Abbie, Hadiya e Ivy reflejan una preocupación común: el impacto negativo de la nueva ley en la capacidad de los jóvenes para informarse, organizarse y construir comunidad.
Hadiya advierte sobre el efecto que esta decisión puede tener en la participación democrática: “muchos estudiantes rurales se enteran de consultas públicas, peticiones y campañas a través de las redes. Si cortas ese canal, estrechas el embudo: habrá menos voces informadas y menos diversidad en los espacios de decisión”.
Ivy teme que se cierre una “ventana formativa” esencial: “Empecé a entender qué era el activismo climático a los 13. Si retrasas todo hasta los 16, habrá personas que lleguen a la edad de votar sin haber visto jamás cómo se organiza una huelga o una campaña”.
El Gobierno de Canberra defiende la prohibición como una forma de proteger la salud mental de niños y adolescentes, subrayando que no habrá sanciones para menores ni familias: la responsabilidad recaerá en las plataformas. Desde sus habitaciones, mientras equilibran deberes e iniciativas juveniles, Abbie, Hadiya e Ivy reconocen los peligros asociados a la vida digital.
Sin embargo, insisten en que prohibir no es sinónimo de proteger. Reclaman alternativas que incluyan alfabetización digital desde edades tempranas, mayor apoyo psicológico, medidas reales contra el acoso escolar y una regulación más estricta de las plataformas.
“Las herramientas pueden cambiar”, concluye Hadiya. “Hoy son Instagram o TikTok, mañana será otra cosa. Pero nuestra voz y nuestra capacidad de cambiar las cosas no deberían depender de la app de moda. Necesitamos que confíen en nosotros y nos den los medios para utilizar estas herramientas de forma crítica y segura”.
