MADRID, 4 Jun. (EDIZIONES) – Vivimos rodeados de mensajes que equiparan delgadez con salud y convierten la alimentación en una carrera constante por controlar el cuerpo. Pero cada vez más expertos alertan de las consecuencias físicas y emocionales de esta «cultura de la dieta», que no solo condiciona cómo comemos, sino también cómo nos relacionamos con nosotros mismos.
La farmacéutica y dietista-nutricionista Julia Palacios (@gazpachodepoleo) analiza cómo la presión estética, especialmente sobre las mujeres, ha normalizado la culpa al comer, la obsesión por adelgazar, y la desconexión de las verdaderas necesidades del cuerpo, en un contexto en el que salud y apariencia siguen confundiéndose peligrosamente.
La entrevistamos en Salud con motivo de la publicación de ‘Mucho más que pechuga y lechuga’ (Penguin) y critica en primer lugar esa cultura de la dieta en la que estamos todos inmersos actualmente, que «nos impone la delgadez por encima de todo», llevando a pensar que la delgadez es una prioridad y que, además, se equipara a la salud.
TENER SALUD NO ES SIEMPRE ESTAR DELGADO
Sin embargo, Palacios defiende que «la salud es más compleja que estar delgado», enfatizando que un cuerpo delgado no necesariamente significa que sea más sano que uno gordo, ni al revés. Ella lamenta que, en muchas ocasiones, dondequiera que vamos escuchamos comentarios sobre cuerpos relacionados con la forma que tienen o con lo que se come, como ‘no como eso porque engorda’, ‘esto es una bomba’, o ‘has adelgazado, qué bien estás’. «Es algo que trasciende más allá del momento de la comida y que es difícil no ser víctima en este contexto actual», advierte.
Además, Palacios menciona que uno de los inconvenientes con los que nos encontramos es que perdemos el placer de comer cosas que nos gustan, llegando incluso a no disfrutar de la comida. «Si mi foco constante es que hay algo en mí que necesita arreglarse, y ese algo es mi cuerpo, es muy difícil dejar espacio al placer, al disfrute, a la experiencia, y a la paz mental. Nos enseñan que debemos controlar lo que comemos para alcanzar un cuerpo ideal, asociado con la delgadez».
La dietista-nutricionista también recuerda que la forma de nuestro cuerpo no solo depende de lo que comemos, sino también de nuestro descanso, del ejercicio que realizamos, del estrés al que estamos sometidos, e incluso de nuestra genética.
«Si yo como de esta forma, y me muevo de esta manera, mi cuerpo debe verse de una determinada manera, pero no siempre es así y surge la frustración. Si asumo que tengo que comer de una forma determinada, da igual entonces lo que me apetece o me gusta, y al final incluso desplazo mis propias necesidades», sostiene Julia Palacios.
Además, ella denuncia en el libro que, por desgracia, todas estas cuestiones suelen afectar más a las mujeres, especialmente relacionadas con esa cultura de la dieta a la que están sometidas, así como con la presión estética actual que vivimos en nuestra sociedad: «Si nos fijamos, muchas veces en los anuncios, la mayor parte está dirigido a mujeres. También juegan mucho con los colores, y los alimentos light o bajos en grasas suelen ser rosas. Al final, es una manera indirecta de dirigir estos productos a un público específico».
LA IMPORTANCIA DE NUESTRO CONTEXTO
Así, en su libro defiende que carecemos de contexto para mejorar nuestra relación con la comida y que necesitamos una perspectiva de la alimentación compatible con nuestra realidad y nuestro contexto, lo que nos permita respetarnos como personas y disfrutar sin condiciones.
Palacios argumenta que es necesario tener una base mínima de conocimientos sobre cómo nos alimentamos para luego adaptar nuestras necesidades a nuestra vida diaria, a nuestro horario laboral, a nuestro propio contexto, a nuestros gustos y preferencias, con el objetivo de intentar huir de la culpa, subrayando que desde que nacemos recibimos mensajes que moldean nuestra manera de comer.
CONSEJOS PARA COMER SIN CULPA
Recuerda que una de las primeras cosas que se nos enseñan cuando somos pequeños es que ‘hay alimentos buenos y malos’: «Esto está muy ligado con la culpa porque se le da un valor moral a un alimento, y no lo tiene realmente; no son ni buenos ni malos, sino que todo
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