MADRID, 22 Abr. (EDIZIONES) – Durante décadas, el corazón se ha entendido como una simple bomba encargada de impulsar la sangre. Sin embargo, la Ciencia empieza a dibujar un panorama mucho más complejo: este órgano no sólo responde a lo que hacemos, sino también a lo que sentimos. El estrés, la ansiedad, o incluso la forma en la que gestionamos nuestras emociones pueden alterar directamente su ritmo, su funcionamiento, e incluso la manera en la que se comunica con el cerebro.
Lejos de ser un sistema aislado, el corazón forma parte de una red interconectada con el cerebro y con el intestino; y en la que las emociones juegan un papel clave. De hecho, los expertos apuntan a que puede actuar como una auténtica herramienta de regulación emocional, capaz de enviar señales que influyen en nuestro estado mental. Entender esta relación abre una nueva vía para cuidar la salud cardiovascular desde una perspectiva más integral.
«El corazón tiene memoria, un lenguaje propio, y una conexión profunda con nuestras emociones», nos confiesa durante una entrevista con Salud Infosalus Aurelio Rojas, cardiólogo y gran divulgador en redes sociales (@doctorrojass) quien califica precisamente al corazón como «el ‘órgano emocional del cuerpo'», y es que argumenta que «el corazón no sólo reacciona a lo que hacemos, sino también a cómo lo vivimos», o bien que «el corazón late en coherencia con nuestro estado mental, recuerda lo que hemos vivido y se desequilibra cuando lo emocional no se expresa».
MÁS ALLÁ DE LA VISIÓN BIOLÓGICA DEL CORAZÓN
Reconoce que durante décadas a los médicos se les ha enseñado a ver el corazón desde una óptica más biológica, puramente mecánica, de que el corazón es un músculo que late y que se contrae. Sin embargo, subraya que ahora la evidencia científica ha demostrado que todo va más allá, tal y como justifica: «Todos los órganos del cuerpo, tal y como están demostrando las últimas investigaciones científicas, están conectados entre sí, no son independientes, especialmente nuestro corazón, nuestro cerebro, y nuestro aparato digestivo, mencionando el famoso ‘eje intestino-cerebro-corazón'».
Se trata de una «relación bidireccional», según justifica este doctor, de forma que, por ejemplo, las alteraciones a nivel cerebral influyen en nuestro estado de ánimo, o el cómo interpretamos las emociones afecta a nuestros circuitos neuronales y a nuestros neurotransmisores: «Ante situaciones emocionales importantes, nos late el corazón más rápido o más fuerte, y por ejemplo tenemos taquicardias, o nos falta el aire. Emociones negativas mantenidas en el tiempo al final repercuten en nuestro corazón y si no ponemos fin a las mismas, el corazón nos dará un aviso».
Resalta este cardiólogo también que el corazón envía más señales al cerebro de las que recibe, especialmente a zonas involucradas en el procesamiento emocional y en la toma de decisiones (como el tálamo, la amígdala, y la corteza prefrontal).
De hecho, precisa en su último libro ‘Tu corazón tiene algo que decirte’ (Zenith), que el corazón produce un campo electromagnético que cambia con nuestro estado emocional, que incluso puede medirse a varios metros del cuerpo; al mismo tiempo, modula nuestra actividad del sistema nervioso autónomo, por ejemplo, participando activamente en la regulación del estrés, en nuestro descanso, o incluso en la ‘memoria emocional’.
UNA HERRAMIENTA DE REGULACIÓN EMOCIONAL
«No sólo hablamos de contracción y de relajación, sino de cómo este órgano participa ante situaciones de peligro, cómo responde ante una pérdida, cómo memoriza los eventos emocionales, cómo se desregula con el miedo, y cómo se armoniza con la gratitud o con la calma», describe Aurelio Rojas.
Así, defiende que el corazón también nos puede servir como una herramienta de regulación emocional. «El corazón puede enviar señales que calman o activan el cerebro, entonces puede convertirse en una herramienta de regulación emocional», afirma.
De hecho, este cardiólogo reconoce que podemos trabajar con nuestro corazón y con nuestro ritmo cardíaco, de manera que si modulamos el ritmo cardíaco y hacemos que lata más despacio y de forma eficiente, con ejercicios de relajación o de respiración profunda, podemos mandar señales neuronales al sistema nervioso parasimpático, «el de la calma», para controlar determinadas situaciones.
