Recientes investigaciones sobre la exploración lunar han revelado que las actividades humanas pueden alterar significativamente el entorno de la Luna. Killen estima que en las zonas cercanas a algunas actividades humanas, el número de átomos podría multiplicarse por 100.000 y elevarse en columnas de unos 80 kilómetros de altura antes de extenderse por varios kilómetros sobre la superficie. Además, otro trabajo, centrado en el escape de gases de mochilas, esclusas, rovers y módulos de aterrizaje, concluye que en torno al propio lander, las concentraciones de vapor de agua pueden superar los 10 millones de moléculas por centímetro cúbico, más de un millón de veces por encima del valor mínimo medido para la exosfera natural.
En la práctica, esto significa que el entorno cercano a la base dejará de estar dominado por procesos naturales y pasará a estar controlado por lo que hagamos allí arriba.
Agua “nueva” sobre el hielo más antiguo
Una parte importante de esa contaminación será agua. El vapor procedente de los sistemas de refrigeración de los trajes, de las esclusas o del propio escape de los cohetes puede migrar poco a poco hacia los polos y acabar atrapado como escarcha en los cráteres en sombra permanente, donde se conservan hielos que quizás llevan allí miles de millones de años. Modelos recientes apuntan a que las plumas de escape de grandes aterrizadores podrían aportar del orden de decenas de toneladas de agua a esas regiones heladas después de unas pocas misiones, una cantidad comparable a la escarcha superficial que ya existe en algunos puntos.
Para la ciencia, esto representa un problema serio. Estos depósitos polares son una especie de “caja negra” del Sistema Solar que puede ayudar a revelar si el agua de la Luna llegó sobre todo con cometas, con meteoritos o se fabricó in situ a partir del viento solar, algo que se puede estudiar comparando proporciones de hidrógeno pesado. Si pronto mezclamos agua “humana” con agua nativa, será mucho más difícil descifrar ese mensaje.
Polvo tóxico y electrónica en riesgo
El gas no viaja solo. Cada aterrizaje potente será parecido a un chorro de arena a presión sobre el paisaje. Las simulaciones muestran que los motores pueden erosionar el regolito, lanzar fragmentos a gran distancia y crear nubes de polvo cargado eléctricamente que flotan durante un tiempo sobre la superficie. Ese “plasma polvoriento” no es solo una curiosidad; Killen advirtió que el polvo cargado puede ser “extremadamente tóxico para las personas si llega a sus pulmones”, una situación que comparó con la enfermedad del pulmón negro en mineros.
Además, esas partículas pueden oscurecer paneles solares, atascar mecanismos y alterar la electrónica, lo cual representa un riesgo considerable cuando se intenta mantener con vida una base en un entorno tan hostil.
La Luna como archivo del origen de la vida
El artículo “Moon. Handle With Care” va un paso más allá y recuerda que la Luna conserva algo que la Tierra ha perdido en gran medida. En su superficie y, sobre todo, en los hielos de los polos y en el regolito poco alterado, podría haber restos de moléculas orgánicas llegadas en meteoritos y cometas que ayuden a entender cómo surgió la vida en nuestro planeta. Si llevamos nuestras propias moléculas orgánicas, bacterias resistentes y residuos industriales, distinguir entre lo que era nativo y lo que hemos añadido se vuelve casi imposible. Los autores incluso sugieren que la Luna está a punto de entrar en su propio Antropoceno lunar, marcado por una huella química humana reconocible.
Hacia una “conservación planetaria” de la Luna
La propuesta de estos equipos no es frenar la exploración, sino hacerla con sensatez. Defienden una estrategia de “ciencia primero” en las zonas más frágiles, como los polos y la cara oculta silenciosa, y piden evaluaciones de impacto ambiental antes de desplegar minería, bases permanentes o tráfico intenso de naves. Incluso plantean que se limite temporalmente la actividad en algunas regiones, por ejemplo en el polo norte, hasta entender bien qué efectos tiene la presencia humana en el sur. Recuerdan que los tratados actuales dejan muchos vacíos sobre quién decide qué se puede hacer y qué no en la superficie lunar.
La gran pregunta es sencilla y, a la vez, incómoda: queremos ir a la Luna para aprender de ella, pero si no actuamos con cuidado, podemos borrar parte de esa información antes de leerla. Aún estamos a tiempo de que la próxima huella en el regolito no tape para siempre la historia que la Luna lleva escribiendo miles de millones de años.
El estudio “Moon: Handle With Care” ha sido publicado en Bulletin of the AAS.
